Una habitación a medias
Con un poco más de agallas y un trabajo menos jodido, ahora estaría pagando a medias la habitación de un motel y haciendo el amor hasta el cansancio. Mi ex amante sigue como una sombra feromonal a mi alrededor.
Bbrrr vibraba mi teléfono celular y mostraba el primer mensaje de este día: hagamos el amor. Era obvio quién lo había enviado.
Un nuevo temblor entre mis piernas, donde había dejado el teléfono luego de sonreír por el mensaje mientras conducía rumbo a mi trabajo. La habitación a medias. Vamos. Y otro temblor; esta vez no tenía que ver con el teléfono Muco, invita. Crisis nacional.
Sin duda hay crisis, en este Ecuador que se cae a pedazos mientras los políticos se levantan como héroes tras dar un golpe de Estado para caer en el siguiente en una espiral sin fin. La nueva consigna sigue siendo la misma de hace 10 años: Hay que refundar el país.
Pretextos, escribo, queriendo darle largas al asunto porque un hilito de pudor aún quiere conducirme a la oficina en lugar de a sus brazos. Vamos, no te ahueves otra vez, como tantas ya en las que todo ha quedado en suspenso. Mi ex amante insiste: Vamos. Voy a escribir que otro día será y recuerdo su expresión de desengaño en el asiento trasero de su auto: Típico, si las tuyas ya parecen promesas de políticos.
Escribo: Guarda las ganas. El Ecuador sí va a ser refundado. Pero hoy no. Casi puedo ver su cara desconcertada por esta frase en medio de sus fantasías sexuales en que estará atándome para no permitir que escape nuevamente y poder asesinarme en incontables penetraciones hasta esa pequeña y gigantesca muerte que es el orgasmo.
Hasta las promesas de los políticos han de cumplirse. ¿Por qué las mías no?. Olvídalo, llega con la nueva vibración entre mis piernas. Paro en el estacionamiento del trabajo. OK. Lo olvido. Pero cuando el Ecuador haya sido refundado, haremos el amor hasta el cansancio O moriremos en el intento.
La próxima vez no hay que dejar escapar al presidente de Carondelet. Hay que atarlo y asesinarlo para que su sangre bañe la orgía de los forajidos quiteños y uno de ellos refunde este país desde la nada para que yo pueda enloquecerme en mi propio rito de muerte con ese amante que nunca dejará de desearme aunque nunca, tampoco, llegará a quererme.
Tengo que masturbarme a la sombra del subterráneo en medio de los autos.
Bbrrr vibraba mi teléfono celular y mostraba el primer mensaje de este día: hagamos el amor. Era obvio quién lo había enviado.
Un nuevo temblor entre mis piernas, donde había dejado el teléfono luego de sonreír por el mensaje mientras conducía rumbo a mi trabajo. La habitación a medias. Vamos. Y otro temblor; esta vez no tenía que ver con el teléfono Muco, invita. Crisis nacional.
Sin duda hay crisis, en este Ecuador que se cae a pedazos mientras los políticos se levantan como héroes tras dar un golpe de Estado para caer en el siguiente en una espiral sin fin. La nueva consigna sigue siendo la misma de hace 10 años: Hay que refundar el país.
Pretextos, escribo, queriendo darle largas al asunto porque un hilito de pudor aún quiere conducirme a la oficina en lugar de a sus brazos. Vamos, no te ahueves otra vez, como tantas ya en las que todo ha quedado en suspenso. Mi ex amante insiste: Vamos. Voy a escribir que otro día será y recuerdo su expresión de desengaño en el asiento trasero de su auto: Típico, si las tuyas ya parecen promesas de políticos.
Escribo: Guarda las ganas. El Ecuador sí va a ser refundado. Pero hoy no. Casi puedo ver su cara desconcertada por esta frase en medio de sus fantasías sexuales en que estará atándome para no permitir que escape nuevamente y poder asesinarme en incontables penetraciones hasta esa pequeña y gigantesca muerte que es el orgasmo.
Hasta las promesas de los políticos han de cumplirse. ¿Por qué las mías no?. Olvídalo, llega con la nueva vibración entre mis piernas. Paro en el estacionamiento del trabajo. OK. Lo olvido. Pero cuando el Ecuador haya sido refundado, haremos el amor hasta el cansancio O moriremos en el intento.
La próxima vez no hay que dejar escapar al presidente de Carondelet. Hay que atarlo y asesinarlo para que su sangre bañe la orgía de los forajidos quiteños y uno de ellos refunde este país desde la nada para que yo pueda enloquecerme en mi propio rito de muerte con ese amante que nunca dejará de desearme aunque nunca, tampoco, llegará a quererme.
Tengo que masturbarme a la sombra del subterráneo en medio de los autos.
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