Lo he dudado. Sí. Lo he deseado y lo he dudado al mismo tiempo. Es magia negra, prohibición, pecado. Es placer inconmensurable, compartido, llameante, sospechoso. Pero esta noche el azar ha destinado nuestros cuerpos a un encuentro sin sentido. La consigna ha sido morir tirando y con una botella en la mano. Ella quizá no esperaba llegar a tanto. Yo sabía que lo haría. Él soñaba, pero no creía.
Nos hemos deslizado por las calles húmedas de Quito buscando un lugar en que la música nos embriague más que el licor, que consumimos a traguitos breves que quemarían la garganta a no ser por el sabor dulzón, jarabe para la tos, de la Red Bull. Al no encontrar nada abierto en este martes andino y católico de reposo nocturno, la lluvia nos ha conducido en busca de refugio a la cálida suite del primer piso de un edificio de apartamentos, nombre de cuento de hadas, cercano al coloso que días después amparará la clasificación de la Selección a Alemania 2006, con un marco de noveleros bulliciosos y desconocidos.
Ha sonado Jaco Pastorius, Piazzolla y algo salido del Café del Mar. También se ha filtrado retazos de Los Crudos, con su aspereza violenta, por las travesuras de una sesión aleatoria que recuerda cada estado de ánimo de la creadora de sus listas. Hemos jugado a improvisar una danza contemporánea ante el silencioso y sonriente único espectador sentado en el piso, rellenando con whisky su vaso meloso. El movimiento ha conducido al contacto y la mirada al deseo. Ella ha parado de golpe frente a mí, su tronco un tanto inclinado, las manos crispadas como si se alejaran de algo que sujetara su cuerpo ansioso de liberación. Le he sonreído y he lamido su cuello de estatua sin que su cuerpo se moviera por aquello. Luego he sentido sus manos abrazando mi cintura en un nuevo impulso traído por el cambio de ritmo al gitanillo de Bebo & Cigala. Hemos girado dos veces y ella me ha besado en la boca con premura. Mis manos se han deslizado por su espalda y han sentido el contorno de sus caderas algo estrechas, mientras ella me penetra con su lengua hasta la garganta y me aprieta contra su cuerpo hasta que nuestros senos se topan.
Él ha abierto sus labios y ha buscado una posición en que sus jeans dejen de tensarse tanto. Yo he dejado que ella me bese mientras me escurro por debajo de su blusa, zafo su sujetador y acaricio, sin agarrar, sus senos endurecidos y sus pezones erizados. Ella abandona su abrazo solo para librarse de la ropa que cubre su desnudez de no madre. Al mirarla, no puedo evitar que mi lengua roce mis dientes y mi boca succionadora se acerque a la perfección de su pecho. Ella acaricia mi espalda y sé que lo mira calculando sus reacciones. Abro los botones que sujetan su pantalón cuando ella me detiene, me levanta tomando mis manos y procede a retirar mi cinturón metálico para jugar con él hasta que su espalda se marque con desquiciamiento. Luego lo lanza y sus manos tibias levantan mi top desde la cintura y hacia arriba hasta sacarlo. Entonces, me hace voltear y bailar para que mi falda dibuje en el aire piruetas de deseo que alcancen el rostro desconcertado y ansioso de mi hombre, que esta noche también es el suyo.
Son los brazos conocidos de él los que me atrapan y sus manos las que agarran mis tetitas ansiosas con violencia mientras mi espalda siente su corazón agitado dentro del pecho que se une a ella. Pero mi amiga me desprenderá de sus brazos con una frase simple y ambas nos besaremos el rostro y lameremos los rincones de nuestra cara. Su pantalón ha caído y mis manos acarician sus nalgas a la vez que buscan sus humedales.
Nuestros cuerpos se deslizan hacia el piso y mi sujetador resbala ya sin nada que lo ate a mi espalda. Quedo sobre ella, arrodillada entre sus piernas abiertas, mientras sus manos toman mis senos y la respiración de él se escucha como risa entrecortada por gemidos de deseo y desconcierto. La beso entre sus pechos y desciendo hasta su ombligo. Bajo lo que resta de ropa interior y mi lengua explora su pelambre y sus mucosas. Ella ríe. Asegura que le hago cosquillas. Tras un minuto de silencio, añade: Como nadie.
Lo siento parado junto a nosotras. Sé que la mira a los ojos, se que recorre mi espalda con esos ojos de fuego que me excitan. Siento que se para detrás de mí y se arrodilla. Solo levanta mi falda y casi arranca mi braga. Sus dedos se hunden en mi vulva que late y suda en jugos de deseo. Siento su verga dura rozarme encantadoramente y golpearme como para demostrar que puede más que cualquiera. Me penetra con suavidad mientras yo sigo trabajando en el placer de ella que gime y ríe. Él se mueve dentro de mí y su pecho se pega a mi espalda mientras sus manos recorren las caderas que sostengo hasta toparse con mis dedos y enredarse con ellos. Su boca se acerca a mi oreja izquierda y susurra: Basta.
No puedo contener una carcajada y me separo de él. Me levanto caminando con las piernas abiertas sobre ella, quien acaricia mis pantorrillas cuando paso. Ellos están frente a frente. Se miran, o mejor, él mira su cuerpo y ella sus ojos. Yo me libero de la falda que cae con un murmullo. Ella voltea sus ojos hacia atrás y me descubre. Boticcelli, exclama con una carcajada. Inclino la cabeza y siento mi pelo rozar mis hombros y mi espalda, siento la fuerza de dos miradas. Él se lanza a penetrarla mientras los observo y ella gime un tanto sorprendida. Él levanta las caderas de ella y queda dentro mientras se incorpora y me mira de frente. Sonríe. Linda. Se mueve en mi compañera mientras ella hala mis piernas y me arrastra hasta quedar a horcajadas sobre su boca. Su lengua se mueve rápido y me hace temblar. Él intenta abrazarme, alcanzarme. Me acaricia los senos. Nuestras lenguas se entrelazan en un extraño juego geométrico.
Él la deja y me levanta. La veo tirada en el piso, desnuda, temblorosa, húmeda. Me dejo levantar por él y arrimar contra la pared, mientras siento que su erección se hunde entre mis pliegues, húmeda de ella. Luego me baja y me coloca en cuatro. La llama por su nombre y ella se para a mi lado. Él hunde sus dedos en la vulva de ella y explica: Mira. Entonces, lubrica con jugos ajenos mi culito que tiembla al contacto con sus dedos y me penetra sin dilación. Recuerdo las palabras de él cuando me rompía por primera vez: Te gustaría que nos vea tu amiga. Te gustaría que nos veo sus amiga. Lo siento entrar y salir por completo varias veces. Me masturbo y puedo sentir con mis dedos, desde dentro, la forma de su pene explorándome. El movimiento se vuelve más fuerte, su respiración se agita, esos gemidos guturales que conozco justo antes de explotar dentro de mí. Ella lo estará mirando, mirando como cierra un poquito los ojos, como me toca, como se muerde un poco los labios y frunce las cejas al momento del orgasmo. Sin resistir más, me desmayo y chorreo en placer inconmensurable, de ese en chorrito continuo que ella afirma envidiar.
La oigo reír con fuerza cuando retorno de mi azul profundo.