Frío
Has llegado tarde del trabajo y te has limitado a responder mi hey, chico con un rocecito en los labios y un qué haces. Has pasado de largo y te has puesto a preparar todo para seguir trabajando. Uy, cansadísimo, qué día. No quieres un café; has tomado uno hace un momento porque te has juntado con tu viejo
bla, bla, bla.
Te miro en el ritual: sacarte la chaqueta, sentarte ante la computadora y encenderla, abrir los programas, todos la mismo tiempo y, desde luego, el Messenger. Por si acaso, aunque siempre lo tienes en ocupado. Cómo odio eso cuando te veo desde otro punto de la red.
Te concentras y yo sigo mojando las ganas en un jarro grande de café caliente que me enciende más. Miro tu espalda y exclamo al borde del enfado: ¿Qué hago? ¿Me saco la ropa o te paso una cerveza? Sin inmutarte, volteas y sonríes: Sacate la ropa y traeme una cerveza, que la vuelco en tu piel y la tomo lamiéndote toda. ¿Te parece?
Sueno a reto eso. Lo sabes. Y sabes que no resisto los retos. Sin embargo, sueltas una carcajada y miras solo tu computadora. Me arde. Tomo un trago de café y te miro: traes buzo, remera térmica y jeans. Me veo con mi blusa de hilo, mi sacón de lana y la lycra en los ochenta la habríamos llamado pantalón chicle. Sobra ropa porque sobra frío, el frío que amenaza irremediablemente invierno.
Necesitas calorcito tú. Puede ser, respondes, y sonríes sin mirarme. Camino hacia la cocina y tomo una cerveza helada de la refri. Me quito la ropa y no puedo evitar que los vellitos se me ericen. Regreso hasta ti y me siento a horcajadas sobre tus piernas para que tus ojos se vean obligados a posarse en mí y abandones el maldito cliquear sobre el ratón. Ya no podrás evitar prestarme un poquito de atención, una boca deliciosa y unas manos de largos dedos. Yo te presto mis manos y luego te atrapo y te empierno más que abrazo.
Agarras la cerveza y la riegas sobre mi pecho; dejas que resbale sin separar tu mirada de mis ojos. Frío como un témpano, exclamo con la voz cortada por la sensación térmica en mi piel. Tú la trajiste así, sonríes. Tú, no la cerveza.
Pero empiezo a sentir que te tensas. Me miras y tragas. He conseguido que los pantalones se te estrechen y tus ojos se vuelvan manos al recorres mi pecho. Ahora puedo acercarme a ti y lamerte el cuello, subir hacia tu oreja y lograr que me mires. Entonces, te beso y me pego a tu pecho para que sientas como se levantan mis pezones al rozarte.
Me mojo y necesito que me toques. Siento tus manos en mis senos, deslizándose hacia mis caderas. Sé que te gusta tocarme, acariciarme despacito y besarme. Besa mi cuello, me encanta que lo hagas. Riegas más cerveza sobre mí y la recoges con tu lengua para devolverme al calor. Muerdes mi pecho y me tiras al suelo. Me deshago en deseo. Te he estado esperando. Me riegas de cerveza. Sería mejor champaña, las burbujas hacen cosquillas, te digo. De las cosquillas me encargo yo, perro hermosa, contestas. Y me recorres.
La ropa desaparece de tu cuerpo perfecto, casi perfecto pancita de cerveza. Río al verte e insisto: Ya estamos viejos. Me penetras con sabiduría. Gimo pasiva debajo de mi hombre. Hoy, ¡ay!, tan imposible.
Te miro en el ritual: sacarte la chaqueta, sentarte ante la computadora y encenderla, abrir los programas, todos la mismo tiempo y, desde luego, el Messenger. Por si acaso, aunque siempre lo tienes en ocupado. Cómo odio eso cuando te veo desde otro punto de la red.
Te concentras y yo sigo mojando las ganas en un jarro grande de café caliente que me enciende más. Miro tu espalda y exclamo al borde del enfado: ¿Qué hago? ¿Me saco la ropa o te paso una cerveza? Sin inmutarte, volteas y sonríes: Sacate la ropa y traeme una cerveza, que la vuelco en tu piel y la tomo lamiéndote toda. ¿Te parece?
Sueno a reto eso. Lo sabes. Y sabes que no resisto los retos. Sin embargo, sueltas una carcajada y miras solo tu computadora. Me arde. Tomo un trago de café y te miro: traes buzo, remera térmica y jeans. Me veo con mi blusa de hilo, mi sacón de lana y la lycra en los ochenta la habríamos llamado pantalón chicle. Sobra ropa porque sobra frío, el frío que amenaza irremediablemente invierno.
Necesitas calorcito tú. Puede ser, respondes, y sonríes sin mirarme. Camino hacia la cocina y tomo una cerveza helada de la refri. Me quito la ropa y no puedo evitar que los vellitos se me ericen. Regreso hasta ti y me siento a horcajadas sobre tus piernas para que tus ojos se vean obligados a posarse en mí y abandones el maldito cliquear sobre el ratón. Ya no podrás evitar prestarme un poquito de atención, una boca deliciosa y unas manos de largos dedos. Yo te presto mis manos y luego te atrapo y te empierno más que abrazo.
Agarras la cerveza y la riegas sobre mi pecho; dejas que resbale sin separar tu mirada de mis ojos. Frío como un témpano, exclamo con la voz cortada por la sensación térmica en mi piel. Tú la trajiste así, sonríes. Tú, no la cerveza.
Pero empiezo a sentir que te tensas. Me miras y tragas. He conseguido que los pantalones se te estrechen y tus ojos se vuelvan manos al recorres mi pecho. Ahora puedo acercarme a ti y lamerte el cuello, subir hacia tu oreja y lograr que me mires. Entonces, te beso y me pego a tu pecho para que sientas como se levantan mis pezones al rozarte.
Me mojo y necesito que me toques. Siento tus manos en mis senos, deslizándose hacia mis caderas. Sé que te gusta tocarme, acariciarme despacito y besarme. Besa mi cuello, me encanta que lo hagas. Riegas más cerveza sobre mí y la recoges con tu lengua para devolverme al calor. Muerdes mi pecho y me tiras al suelo. Me deshago en deseo. Te he estado esperando. Me riegas de cerveza. Sería mejor champaña, las burbujas hacen cosquillas, te digo. De las cosquillas me encargo yo, perro hermosa, contestas. Y me recorres.
La ropa desaparece de tu cuerpo perfecto, casi perfecto pancita de cerveza. Río al verte e insisto: Ya estamos viejos. Me penetras con sabiduría. Gimo pasiva debajo de mi hombre. Hoy, ¡ay!, tan imposible.
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