"Te amo"
Ella, de pronto, ha tomado mi mano. Ha sido un movimiento rápido, hasta cierto punto, violento. Ha rodeado con sus dedos largos mi muñeca, que, solo al verla atrapada por esas frágiles manos blancas, reconozco como delgada. Acerca sus labios a mi oído y exclama como si acabara de descubrir el origen de Dios: Memento
Puedo sentir su aliento cálido cuando ríe. Miro mi propia mano y comprendo. Ante mi inutilidad para recordar las cosas, he anotado sobre la tabaquera anatómica (aquel huequito que se forma en la base del pulgar y debes usar para colocar la dosis que vas a aspirar) las fechas en que debo tomar el medicamento. Cada mañana, luego de secarme con topecitos suaves, como si de verdad cuidara un tatuaje fresco, tomo el rotulador y repaso los trazos de los números que debo controlar para que el fármaco me controle. El psiquiatra, al verlos, me ha preguntado por qué los cuido con tal esmero
Memento . Volteo mi cara y nos vemos frente a frente; ella sostiene su sonrisa. Luego me suelta y toma con esos mismos dedos pálidos la copa de vino tinto que descasa sobre la mesa. Su nariz se dilata, sus labios se mojan. Seguimos charlando sobre cine.
.
De madrugada. Un impulso. Una locura. Una venganza. Lo he llamado y se ha negado a salir conmigo otra vez. Le he anunciado sin más que en ese caso iremos hasta su departamento. Ha reído y respondido: Un ratito, si quieren .
Volteo mi auto y me estaciono despreocupadamente sobre la vereda. Tomo el teléfono y lo llamo de neuvo. Una voz dormida me contesta. No me ha creído capaz, pero acá estamos y traemos una botella de vino tinto. Se lo digo mientras caminamos ya hacia la puerta del edificio. El guardia duerme y las dos nos deslizamos silenciosas hasta el ascensor. Piso 1. Son solo unos pasos hasta su puerta, nos mantenemos en pie y mi dedo atina el botón que acaba de despertarlo con el timbre. Abre la puerta con la frente arrugada. Me mira. La mira. Nos mira en un solo cuerpo que se atrapa en besos por su demora.
Nos hace pasar. Ella le ofrece la botella de vino para que la descorche. Él sonríe con cierto recelo. Se sirve un poco en un vaso y nos ofrece dos iguales. Nosotras hemos entrado a su habitación mientras él forcejeaba con el corcho y ella se ha tirado en la cama, riendo, acusándose de estar totalmente borracha y extrañamente poco frígida. Crucificada, puedo acariciarla con la punta de mis dedos. Me sorprende ese aspecto de figurilla de porcelana, tan breve, tan frágil, tan flacucho, andrógino. Deslizo mi mano por debajo de su blusa de encaje y la subo para convencerme de su feminidad en talla A. Siento su presencia en el marco de la puerta, pero prefiero ignorarlo como él me ignora todo el tiempo.
La contemplo y le quito el bolso que sostiene con una de sus manos. No podía faltar entre sus cosas el pequeño aunque ardientemente agudo bisturí de los ojos, como le gusta llamarlo. Al verlo, siento que me reflejo en él, que la luz me traviesa en su filo, que, si lo necesito, me cortara la yugular sin dilaciones para un perfecto desangramiento. Ahora lo miro, y soy yo la que contempla su propia anatomía en el filo mis labios tiemblan Empuño la diminuta arma y susurro en sus oídos: Memento . Tatúame, responde Mi mano presiona el instrumento que, tras ligera resistencia, abre su piel en un tajo delgadito que se enrojece por la sangre. Me asusta un poco mi propia absurda venganza sobre su carne inocente. Miro su rostro y ella sonríe con un suspiro. Lamo su sangre con la punta de la lengua. Mis dedos aflojan su pantalón y me bajo de la cama en un movimiento que a él lo ha desconcertado. Es un ruido inusitado el quebrarse del vaso al golpear contra la pared. Él ríe y recoge los trozos de vidrio mientras comenta estúpidamente sobre las estrategias para sacar una mancha de vino de la alfombra.
Me mira. Me desnudo y él no puede evitar ese temblor que le hace morderse los labios mientras el ligero boxer que lleva se tensa más de lo debido. Me volteo y halo el pantalón de ella para dejarla abierta y húmeda en sus leves braguitas turquesa. Zafo el sostén casi infantil de mi mujer y recojo el bisturí mientras ella guía mi mano armada por el contorno de sus pezones. Lo siento respirar entre excitado y asustado a mis espaldas. La beso y su sangre se pega a mi piel. Nos confundimos en un abrazo de manos ardientes. Ella acaricia mis caderas y, cuando mi boca corre por su cuello y mi mano acaricia su cabello corto, la escucho: Oh, baby, ahora entiendo porque te obsesiona este maricón.
Él se masturba a mis espaldas mientras sostiene con la otra mano los trozos del vaso estrellado. Lo enfrento: Te gusta. Él se acerca para besarme y sus manos sucias de vino tinto ensucian mi pecho ya manchado por la sangre de ella. Ha soltado los vidrios con descuido y me ha tirado a la cama. Ella se sienta y nos mira, con esos ojos que atraviesan. Mientras él se deshace con su respiración entrecortada en tocar mis senos y chuparlos, ella reconstruye el vaso roto y me mira sonriente. Se levanta y regresa con la botella. Vuelve a juntar los pedazos y se para a nuestro lado con su leve peso sobre el colchón. Riega el licor en el vaso de piezas que sostienen sus dedos como poco antes habían sostenido mi muñeca. El líquido cae sobre la espalada de mi amante y él para sobresaltado.
Cuando voltea a ver, ella suelta el vaso sobre la cama y brinca y grita con una locura que no esperaba de su brevedad de cristal de bohemia. Él le agarra una pierna. Ella para y se acerca. Yo me he sentado y lo puedo sostener por detrás. Ella lo mira. Lo examina sin recelo. Asiente con la cabeza como si observara una escultura de algún estudiante de arte. Se arrodilla y cierra los ojos. Sé que se lastima las pantorrillas con los trozos de vidrio. Más cicatrices a sus piernas.
La empujo para que se recueste, para que libere el peso sobre el vidrio. La beso y ella se deja hacer con un calor inusual en su boca. Le lamo la piel y la recorro. Él trata de separarme, retira los trozos del vaso y los deja sobre la mesa de noche. Quiere parar y no puede. Un instinto básico que no controla lo obliga a seguir creciendo y enrojeciendo. Al final, mientras me dedico a beber de la humedad que se detiene en los rubios vellos del pubis ajeno, él solo dice con una voz desesperada: Necesito culiarte. Se coloca detrás de mí y moja sus dedos hundiéndolos en mi vagina lubricada. Conduce la humedad entre mis nalgas y me penetra con sus dedos largos. Siento su peso cuando sube a la cama y siento su fuerza cuando empieza a entrar en mí. Duele, es rápido, es violento, no me ha dado tiempo de pensarlo. Gimo. Ella lo mira y le arroja algo al rostro mientras ríe: Le quitas la concentración. Él la acompaña con una carcajada mientras me rompe y es mi sangre la que corre. Me incorporo. Él me abraza. Ella me besa los senos y escribe con su bisturí sobre mi piel: Te amo.
Puedo sentir su aliento cálido cuando ríe. Miro mi propia mano y comprendo. Ante mi inutilidad para recordar las cosas, he anotado sobre la tabaquera anatómica (aquel huequito que se forma en la base del pulgar y debes usar para colocar la dosis que vas a aspirar) las fechas en que debo tomar el medicamento. Cada mañana, luego de secarme con topecitos suaves, como si de verdad cuidara un tatuaje fresco, tomo el rotulador y repaso los trazos de los números que debo controlar para que el fármaco me controle. El psiquiatra, al verlos, me ha preguntado por qué los cuido con tal esmero
Memento . Volteo mi cara y nos vemos frente a frente; ella sostiene su sonrisa. Luego me suelta y toma con esos mismos dedos pálidos la copa de vino tinto que descasa sobre la mesa. Su nariz se dilata, sus labios se mojan. Seguimos charlando sobre cine.
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De madrugada. Un impulso. Una locura. Una venganza. Lo he llamado y se ha negado a salir conmigo otra vez. Le he anunciado sin más que en ese caso iremos hasta su departamento. Ha reído y respondido: Un ratito, si quieren .
Volteo mi auto y me estaciono despreocupadamente sobre la vereda. Tomo el teléfono y lo llamo de neuvo. Una voz dormida me contesta. No me ha creído capaz, pero acá estamos y traemos una botella de vino tinto. Se lo digo mientras caminamos ya hacia la puerta del edificio. El guardia duerme y las dos nos deslizamos silenciosas hasta el ascensor. Piso 1. Son solo unos pasos hasta su puerta, nos mantenemos en pie y mi dedo atina el botón que acaba de despertarlo con el timbre. Abre la puerta con la frente arrugada. Me mira. La mira. Nos mira en un solo cuerpo que se atrapa en besos por su demora.
Nos hace pasar. Ella le ofrece la botella de vino para que la descorche. Él sonríe con cierto recelo. Se sirve un poco en un vaso y nos ofrece dos iguales. Nosotras hemos entrado a su habitación mientras él forcejeaba con el corcho y ella se ha tirado en la cama, riendo, acusándose de estar totalmente borracha y extrañamente poco frígida. Crucificada, puedo acariciarla con la punta de mis dedos. Me sorprende ese aspecto de figurilla de porcelana, tan breve, tan frágil, tan flacucho, andrógino. Deslizo mi mano por debajo de su blusa de encaje y la subo para convencerme de su feminidad en talla A. Siento su presencia en el marco de la puerta, pero prefiero ignorarlo como él me ignora todo el tiempo.
La contemplo y le quito el bolso que sostiene con una de sus manos. No podía faltar entre sus cosas el pequeño aunque ardientemente agudo bisturí de los ojos, como le gusta llamarlo. Al verlo, siento que me reflejo en él, que la luz me traviesa en su filo, que, si lo necesito, me cortara la yugular sin dilaciones para un perfecto desangramiento. Ahora lo miro, y soy yo la que contempla su propia anatomía en el filo mis labios tiemblan Empuño la diminuta arma y susurro en sus oídos: Memento . Tatúame, responde Mi mano presiona el instrumento que, tras ligera resistencia, abre su piel en un tajo delgadito que se enrojece por la sangre. Me asusta un poco mi propia absurda venganza sobre su carne inocente. Miro su rostro y ella sonríe con un suspiro. Lamo su sangre con la punta de la lengua. Mis dedos aflojan su pantalón y me bajo de la cama en un movimiento que a él lo ha desconcertado. Es un ruido inusitado el quebrarse del vaso al golpear contra la pared. Él ríe y recoge los trozos de vidrio mientras comenta estúpidamente sobre las estrategias para sacar una mancha de vino de la alfombra.
Me mira. Me desnudo y él no puede evitar ese temblor que le hace morderse los labios mientras el ligero boxer que lleva se tensa más de lo debido. Me volteo y halo el pantalón de ella para dejarla abierta y húmeda en sus leves braguitas turquesa. Zafo el sostén casi infantil de mi mujer y recojo el bisturí mientras ella guía mi mano armada por el contorno de sus pezones. Lo siento respirar entre excitado y asustado a mis espaldas. La beso y su sangre se pega a mi piel. Nos confundimos en un abrazo de manos ardientes. Ella acaricia mis caderas y, cuando mi boca corre por su cuello y mi mano acaricia su cabello corto, la escucho: Oh, baby, ahora entiendo porque te obsesiona este maricón.
Él se masturba a mis espaldas mientras sostiene con la otra mano los trozos del vaso estrellado. Lo enfrento: Te gusta. Él se acerca para besarme y sus manos sucias de vino tinto ensucian mi pecho ya manchado por la sangre de ella. Ha soltado los vidrios con descuido y me ha tirado a la cama. Ella se sienta y nos mira, con esos ojos que atraviesan. Mientras él se deshace con su respiración entrecortada en tocar mis senos y chuparlos, ella reconstruye el vaso roto y me mira sonriente. Se levanta y regresa con la botella. Vuelve a juntar los pedazos y se para a nuestro lado con su leve peso sobre el colchón. Riega el licor en el vaso de piezas que sostienen sus dedos como poco antes habían sostenido mi muñeca. El líquido cae sobre la espalada de mi amante y él para sobresaltado.
Cuando voltea a ver, ella suelta el vaso sobre la cama y brinca y grita con una locura que no esperaba de su brevedad de cristal de bohemia. Él le agarra una pierna. Ella para y se acerca. Yo me he sentado y lo puedo sostener por detrás. Ella lo mira. Lo examina sin recelo. Asiente con la cabeza como si observara una escultura de algún estudiante de arte. Se arrodilla y cierra los ojos. Sé que se lastima las pantorrillas con los trozos de vidrio. Más cicatrices a sus piernas.
La empujo para que se recueste, para que libere el peso sobre el vidrio. La beso y ella se deja hacer con un calor inusual en su boca. Le lamo la piel y la recorro. Él trata de separarme, retira los trozos del vaso y los deja sobre la mesa de noche. Quiere parar y no puede. Un instinto básico que no controla lo obliga a seguir creciendo y enrojeciendo. Al final, mientras me dedico a beber de la humedad que se detiene en los rubios vellos del pubis ajeno, él solo dice con una voz desesperada: Necesito culiarte. Se coloca detrás de mí y moja sus dedos hundiéndolos en mi vagina lubricada. Conduce la humedad entre mis nalgas y me penetra con sus dedos largos. Siento su peso cuando sube a la cama y siento su fuerza cuando empieza a entrar en mí. Duele, es rápido, es violento, no me ha dado tiempo de pensarlo. Gimo. Ella lo mira y le arroja algo al rostro mientras ríe: Le quitas la concentración. Él la acompaña con una carcajada mientras me rompe y es mi sangre la que corre. Me incorporo. Él me abraza. Ella me besa los senos y escribe con su bisturí sobre mi piel: Te amo.
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