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¿Aspiraba yo a monja?

¿Aspiraba yo a monja o es que todas las monjas aspiraban a que lo hiciera? No sé, pero aún me arrulla el susurro de arroyuelo de los rezos en las corredores de los conventos. Todos los gritos del recreo se callaban cuando, con el salvoconducto de nerd autorizada, podía pasar la puerta de clausura y deambular por los patios llenos de geranios, fragantes a esa mezcla de parafina desleída, yerbas aromáticas, inciensos apagados y comida que tienen todos los conventos.

Cuando el sordo eco de los muchachitos gritones en el patio del colegio se apagaba del todo, la monja me daba un chocolate deliciosamente relleno de crema de sabores y me decía que era mejor que regresara a mi clase. Y lo iba saboreando lentamente, tratando de hacer más largo el tiempo en los corredores con macetas colgantes. Entonces llegaba esa sensación de chocolate y crema derritiéndose entre la lengua y el paladar, incontrolablemente erótica, y había que detenerse, perderse un poco entre santitos y vírgenes para imaginar como podrían servir esos rincones en buena compañía. Me echaba a reír pensando cuántas veces lo habrán hecho San Francisco y Santa Clara en los alrededores de Asís. Hasta que terminaba de manos a boca con la escultura en madera del patrono de la congregación con su sayal café, su tonsura y esa carita de contemplación mística ante las flores de la última maceta. Sacudía los sacrílegos pensamientos y rezaba: “Seráfico Hermano San Francisco de Asís, ruega por nosotros”.

Abría la puerta rápidamente y corría por los patios vacíos hasta las aulas en que un nuevo susurro me arrullaría hasta quedarme dormida en el asiento más próximo a la puerta.

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