Teatro, sueños y Darth Vader
Aún no entiendo cómo era que, cuando me fugaba de clase de matemáticas, terminaba recostada en el asiento del vicerrectorado junto a aquel muchacho al que habían adornado con el título de Coordinador de Clubes y Deportes, pero que no era más el secretario de la monja vicerrectora y quien debía llevar cuentas de cuántas horas daba cada profesor en actividades extracurriculares para que, luego, el comité de padres de familia se encargara de pagarles, igual que a él, el sueldo correspondiente.
Yo asistía al club de teatro, pero en realidad era para evitar la fatiga de la danza o los deportes. Me gustaba arrimarme en la pared baja de la terraza en que otros se desgañitaban actuando, para espiar las casas del condominio de al lado, para sospechar o imaginar la silueta del guapo que llegaba del colegio a su casa, subía a su habitación y se quitaba el uniforme. Simple pretexto para desarrollar de inmediato toda una historia erótica en ese retazo de cuarto que se dejaba ver a través de los visillos de la ventana.
Fue por aquella época en la que pensé por primera vez en ese muñequito (merchandaising) de Darth Vader convertido en el hombre de respiración asmática que me tiraría sobre el escritorio y, con sus crueles ojos oscuros y sus manos heladas, desharía mi ropa, estrujaría mi cuerpo tembloroso y me haría gemir de placer con su espada láser incrustada en mi entrepierna. Luego, como con casi todas mis fantasías de adolescente, sufriría aquella escandalosa cosa que se llama decepción al ver al rubio Anakin del Episodio I.
Yo asistía al club de teatro, pero en realidad era para evitar la fatiga de la danza o los deportes. Me gustaba arrimarme en la pared baja de la terraza en que otros se desgañitaban actuando, para espiar las casas del condominio de al lado, para sospechar o imaginar la silueta del guapo que llegaba del colegio a su casa, subía a su habitación y se quitaba el uniforme. Simple pretexto para desarrollar de inmediato toda una historia erótica en ese retazo de cuarto que se dejaba ver a través de los visillos de la ventana.
Fue por aquella época en la que pensé por primera vez en ese muñequito (merchandaising) de Darth Vader convertido en el hombre de respiración asmática que me tiraría sobre el escritorio y, con sus crueles ojos oscuros y sus manos heladas, desharía mi ropa, estrujaría mi cuerpo tembloroso y me haría gemir de placer con su espada láser incrustada en mi entrepierna. Luego, como con casi todas mis fantasías de adolescente, sufriría aquella escandalosa cosa que se llama decepción al ver al rubio Anakin del Episodio I.
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