Onán
En estos días lo he estado pensando: lo que odio es mi infinita frustración sexual. Supongo que solo busco pretextos para justificar mi falta de agallas y mis propios prejuicios de adolescente, castrada en colegio de mojas, con un volcán entre las piernas al que no se podía acallar del todo a pesar de los cánticos de la misa y las largas jornadas de adoración al santísimo.
De adolescente virginal que ignoraba todo aquello que se encuentra más allá del arte onanista, me he convertida en mujer que añora el sexo cada mañana cuando despierta sola. ¡Caray! ¡Qué vida! Talvez puede parecer inverosímil que alguien de 25 siga masturbándose casi a diario en un acto que, a veces, ya ni siquiera se liga a alguna fantasía sexual concreta, sino solo a la sensación de autocomplacencia.
El roce de mis dedos con el bello púbico es la puerta del ritual húmedo. Abrir la boca y sentir el aire que circula entre mis labios. La lengua se estira, pez volador ahora, y acaricia el labio superior con la ligereza de una aleta movediza. El temblor de mi mandíbula y el cosquilleo que desciende por detrás de las orejas y se detiene en mis pechos endurecidos. El correntazo continúa por mi columna y me obliga a enarcarme como si algo me alejara de la cama.
Mis piernas se abren solas y mis dedos se deslizan alrededor del clítoris. En tres vías avanzan acariciando la humedad de mis labios y directamente al vestíbulo. Entrar despacio es el secreto, rozar cada rincón en el contacto hasta que los tres dedos puedan sumergirse juntos y la palma cumpla su misteriosa misión de presionar, sin dejar de hacerlo nunca, mientras los dedos se mueven dentro-fuera.
La otra mano se extasía en los pezones tiesos que me gusta aplastar y luego liberar de pronto para sentir como se enfrían. Suelto la mano hacia atrás y me apoyo en ella para levantar más fácilmente mis caderas. Mayor velocidad. Más roce. Exploto en húmedos sonidos y gemidos guturales.
Me tiro en la cama, complacida, y pienso en cada rincón de mi cuerpo
De adolescente virginal que ignoraba todo aquello que se encuentra más allá del arte onanista, me he convertida en mujer que añora el sexo cada mañana cuando despierta sola. ¡Caray! ¡Qué vida! Talvez puede parecer inverosímil que alguien de 25 siga masturbándose casi a diario en un acto que, a veces, ya ni siquiera se liga a alguna fantasía sexual concreta, sino solo a la sensación de autocomplacencia.
El roce de mis dedos con el bello púbico es la puerta del ritual húmedo. Abrir la boca y sentir el aire que circula entre mis labios. La lengua se estira, pez volador ahora, y acaricia el labio superior con la ligereza de una aleta movediza. El temblor de mi mandíbula y el cosquilleo que desciende por detrás de las orejas y se detiene en mis pechos endurecidos. El correntazo continúa por mi columna y me obliga a enarcarme como si algo me alejara de la cama.
Mis piernas se abren solas y mis dedos se deslizan alrededor del clítoris. En tres vías avanzan acariciando la humedad de mis labios y directamente al vestíbulo. Entrar despacio es el secreto, rozar cada rincón en el contacto hasta que los tres dedos puedan sumergirse juntos y la palma cumpla su misteriosa misión de presionar, sin dejar de hacerlo nunca, mientras los dedos se mueven dentro-fuera.
La otra mano se extasía en los pezones tiesos que me gusta aplastar y luego liberar de pronto para sentir como se enfrían. Suelto la mano hacia atrás y me apoyo en ella para levantar más fácilmente mis caderas. Mayor velocidad. Más roce. Exploto en húmedos sonidos y gemidos guturales.
Me tiro en la cama, complacida, y pienso en cada rincón de mi cuerpo
0 comentarios