Blogia
phosphorus

Súplica de ausencia

Oírte me aturde al punto de la humedad profunda. Me ahogo en un jadeo contenido mientras hablamos y no puedo evitar entreabrir mi boca y rozar los dientes con mi lengua. Quisiera estar contigo, sentir tus brazos envolviéndome y tus manos recorriéndome. Tu lengua se deslizaría por mi cuello, tus manos atraparían mis pechos. Te sentiría rígido, grande, a mis espaldas, sobre tu cama.

Han sido casi doce horas y me he masturbado dos veces. Peligro, no aguantaré más si no te tengo. Desnúdame, contémplame. Mira lo que provocas en mí: un deseo incontenible de rozarme, de hundir mis dedos en la humedad que fluye y me embarra completa, hasta atrás. Enfila armado contra mí y detente cerca, tan cerca que mi vulva lata de ansiedad. Demórate en acariciar mis caderas, en explorar mi cuerpo, mis diferencias. Tócame, lámeme, huéleme, siente mi textura, mi sabor, mi olor… cada detalle quedará marcado en ti para crear nuevos espectros nocturnos que te exciten en las noches de soledad.

Solo entonces, en medio de mi agonía por tu lengua jugueteando sobre el clítoris, mientras tus manos se lanzan hasta mi pecho, solo entonces agárrame las piernas, levanta mi cadera y penétrame hasta el éxtasis. Lévantame, guía mi cuerpo extenuado de placer hasta un segundo orgasmo enloquecedor que nos llegue en conjunto. Suéltame y suéltate sobre mí, abrázame y lame mi rostro de ojos entrecerrados y boca sonriente. Quiero, al volver a ver en orden después de la ceguera del clímax, mirarte sobre mí, examinando mi boca mientras me hablas.

1 comentario

nef -

Me entran ganas de preguntarte: Si tuvieras que recomendarle Prozac a alguien que no lo ha leído, qué le dirías? Juraría que te conozco. Esas palabras, las he escuchado antes. No recuerdo si desde dentro o desde fuera de mi cabeza. No es sexo. Ahora lo sé. No es sexo. Ni siquiera te he tocado. Pero estoy seguro de que te he visto a los ojos. Debo haberme ahogado en ellos en una fracción de segundo. Como en ese fugaz instante en que tomas una sola gota más de alcohol de la que debías y de allí en adelante puede ser uno o un millón de vasos. Da lo mismo. Caes al vacío creyendo que aún puedes aferrarte a algo, o a alguien. Sin embargo no fue más que una fracción de segundo. Debo haber bajado la vista para no delatarme.
Me gustaría no conocerte nunca. No debo. Pero te leo y me entran ganas de volverte a leer. Tuve que repetir el tercer párrafo cuatro veces. Me pierdo. Quiero leer más rápido de lo que puedo. Y no puedo.
En una sola ocasión he tenido sexo con una mujer sin tocarla. Nos masturbamos uno frente al otro. Fue un orgasmo casi simultáneo. Pero hay algo que no he hecho aún: lavar los pies de la mujer amada. La escena es sencilla: el sol debería inundar la habitación para que, estando totalemente desnuda, no tenga frío. Se sienta en una silla toda de madera. Yo solamente con mi viejo pantalón, me arrodillo frente a ella con una lavacara de hierro enlozado, llena de agua tibia con pétalos de rosas. Aunque sus pies son pequeños me tomo mi tiempo, no se trata de limipiar, sino de lavar. Jesús amó de esa forma a sus doce apóstoles. Tiene que haberse tomado su tiempo. Yo no he amado aún lo suficiente como para hacerlo. Y aunque ya ha transcurrido más de la mitad de mi vida, espero tranquilo, no puedo hacerlo con la mujer equivocada.
Me gustaba ir de noche a la costanera sur a ver durante horas la fuente de las nereidas. Ahora estoy tan lejos. Quisiera preguntarte tantas cosas, pero estoy muy cansado. Hablamos otro día.