Blanco
Veo mis ojos verdes tan abiertos y me esfuerzo por retirar, con un pañito desmaquillante, hasta la última huella del lápiz kohl de mi párpado inferior. Hay que tener cuidado: el dichoso desmaquillante irritará mis ojos si me muevo apenas unos milímetros.
Al terminar, escucho por un momento el agua cayendo en la ducha. De pie frente al espejo, inicio el ritual de desnudarme y me descubro carita limpia, cabello desordenado, ropa interior perfectamente blanca, de algodón y pequeña. Me sonrío a mí misma y no puedo evitar recordarte.
Brassier escotado, tanga; todo en un completo blanco limpísmo. Apenas un lacito diminuto de cinta de raso rompe el llano del calzoncito y un delicado bordado con diseños diminutos en blanco puro decora el escote que atrapa delicadamente mis senos e impide que la gravedad actúe sobre ellos (no habría mayor efecto, igual; tan pequeños). Una de las blancas tiras ha rodado de mi hombro hacia un costado.
Imagino que es tu mano la que ha hecho que descienda el tirante y que ahora recorre mi brazo casi sin tocarlo, como magnetizando los bellos que se erizan de deseo. Te siento respirar con suavidad y te veo sonreír ante mí y mi nívea lencería de algodón. Apenas logro coordinar un movimiento de mis dedos que no hace más que cosquillear el aire. Reiteras tu sonrisa y me besas.
Tu lengua es fuego en mi paladar. Tu brazo me rodea casi con violencia la cintura. Me hecho atrás y siento mi cabello acariciar mis hombros. Me tiras a la cama y te deleitas al lamer cada rincón de mi cuerpo. Te demoras en pasar el extremo de tu lengua por la comisura de mis labios, la punta de mi nariz, el borde de mi ceja izquierda, el pabellón de mi oreja. Tu índice hace lo mismo en el contorno de mi ombligo y me obliga a contraer los músculos de mi vientre. Te escurres como un pez húmedo por mi cuello y tu mano asciende hasta apretar mi pecho metiéndose por debajo de la copa de mi sujetador. Te concentras en mis senos, en acariciarlos, apretarlos, herirlos y luego soltarlos con una caricia de aire fresco en el ardor de mi placer.
Metes tus manos debajo de mí y te detienes para descubrir como romper el cerrojo de mi pudor 100% cotton USA. Lo consigues y te levantas, a horcajadas sobre mí para llevar con tus muñecas, hacia ti, mi brassier. Mis brazos temblorosos te dejan hacer. Acaricias el retacito de tela como si tocaras mi piel al hacerlo y me contemplas con los pechos firmes y los pezones erectos como cañoncitos de ansiedad.
Abandonas el fetiche cerca de tu rodilla y envuelves mi cintura con tus brazos. Tu boca se dirige hacia las colinas descubiertas y succiona. Muerdes un poco y te demoras con los dedos al calcar la forma de la braguita sobre mi piel. Se humedece la blancura que tus dedos rozan. Tiemblan mis piernas. Deliro.
Respiras sobre mi esternón y miras para abajo. Tus dedos se deslizan entre mis piernas brevemente abiertas, entregadas. Sientes mi deseo en la tela y rozas y rozas con una ligera presión que abre mis labios mayores y se mete más allá. Luego, tu dedo maniobra por el borde, se mete entre mi ropa y mi piel para desprender la tela de mi vulva húmeda y deseante. Y así, solo con dos dedos, halas mi ropa interior.
Mis piernas parecen eternas. No acaba se salir la húmeda prenda que ha sentido mi deseo y ahora te deja el campo libre. Regresas por el mismo camino, acariciando mis pies, mis tobillos, las pantorrillas con firmeza, los muslos con pasión, mis caderas con fuerza. Tu cabeza se sumerge en las cataratas de mi ansiedad, tu nariz se abre paso y tu lengua traza círculos infinitos entre mis pliegues. Soplas un poco y me penetras, lengua-pez travieso que se cuela en caminos ajenos. Suspiro.
Tus manos levantan mi cadera y exploran mis nalgas, se meten entre los dos hemisferios y aprovechan los espacios que quedan libres para rozar mi culito que se contrae. Te levantas un poco y veo tu rostro sonriente y mi bello cortito se enreda con tu barba algo crecida. Tu lengua ahora golpetea mi clítoris y tu dedo me invade por detrás. Gimo. Tu boca se abre y abarca toda mi fruta jugosa que se mueve sola de placer. Tu lengua recoge mi final y lo lleva a tu boca. Te veo tragar y lamerte los labios.
Te levantas y me contemplas: blanca piel, bellos que la aduraznan todos en estampida hacia el cielo. Sonríes y me muestras tu total erección admirable. Ahora soy yo la que se sumerge en la contemplación. Hasta que tus manos toman mis piernas y las levantan por sobre tus hombros. Aún tiemblo por el orgasmo pasado y tú sabes que seguiré así un largo rato. Tu pene entra despacio y las paredes de mi vagina se contraen mientras siento que todo mi ser se acerca a ti. Casi siento que puedes tocar mi cuello cada vez que te hundes firmemente contra mí.
Sigues, rítmico, perfecto. Tus ojos tiemblan con un brillo que solo he visto en ellos cuando el deseo se refleja. Tu boca se entreabre. A veces se contrae ligeramente. Acabas en un golpe completo hasta mis profundidades y con un gemido gutural que deja tu mandíbula temblando. Te quedas dentro y sigues en un suave movimiento. Yo no siento la cama bajo mi espalda y en vuelo en la fiebre de mi placer.
Es mejor cobrar conciencia de mi desnudez y meterme bajo el chorro de agua. Ya no logro verme en el espejo que se ha pintado de vapor.
Al terminar, escucho por un momento el agua cayendo en la ducha. De pie frente al espejo, inicio el ritual de desnudarme y me descubro carita limpia, cabello desordenado, ropa interior perfectamente blanca, de algodón y pequeña. Me sonrío a mí misma y no puedo evitar recordarte.
Brassier escotado, tanga; todo en un completo blanco limpísmo. Apenas un lacito diminuto de cinta de raso rompe el llano del calzoncito y un delicado bordado con diseños diminutos en blanco puro decora el escote que atrapa delicadamente mis senos e impide que la gravedad actúe sobre ellos (no habría mayor efecto, igual; tan pequeños). Una de las blancas tiras ha rodado de mi hombro hacia un costado.
Imagino que es tu mano la que ha hecho que descienda el tirante y que ahora recorre mi brazo casi sin tocarlo, como magnetizando los bellos que se erizan de deseo. Te siento respirar con suavidad y te veo sonreír ante mí y mi nívea lencería de algodón. Apenas logro coordinar un movimiento de mis dedos que no hace más que cosquillear el aire. Reiteras tu sonrisa y me besas.
Tu lengua es fuego en mi paladar. Tu brazo me rodea casi con violencia la cintura. Me hecho atrás y siento mi cabello acariciar mis hombros. Me tiras a la cama y te deleitas al lamer cada rincón de mi cuerpo. Te demoras en pasar el extremo de tu lengua por la comisura de mis labios, la punta de mi nariz, el borde de mi ceja izquierda, el pabellón de mi oreja. Tu índice hace lo mismo en el contorno de mi ombligo y me obliga a contraer los músculos de mi vientre. Te escurres como un pez húmedo por mi cuello y tu mano asciende hasta apretar mi pecho metiéndose por debajo de la copa de mi sujetador. Te concentras en mis senos, en acariciarlos, apretarlos, herirlos y luego soltarlos con una caricia de aire fresco en el ardor de mi placer.
Metes tus manos debajo de mí y te detienes para descubrir como romper el cerrojo de mi pudor 100% cotton USA. Lo consigues y te levantas, a horcajadas sobre mí para llevar con tus muñecas, hacia ti, mi brassier. Mis brazos temblorosos te dejan hacer. Acaricias el retacito de tela como si tocaras mi piel al hacerlo y me contemplas con los pechos firmes y los pezones erectos como cañoncitos de ansiedad.
Abandonas el fetiche cerca de tu rodilla y envuelves mi cintura con tus brazos. Tu boca se dirige hacia las colinas descubiertas y succiona. Muerdes un poco y te demoras con los dedos al calcar la forma de la braguita sobre mi piel. Se humedece la blancura que tus dedos rozan. Tiemblan mis piernas. Deliro.
Respiras sobre mi esternón y miras para abajo. Tus dedos se deslizan entre mis piernas brevemente abiertas, entregadas. Sientes mi deseo en la tela y rozas y rozas con una ligera presión que abre mis labios mayores y se mete más allá. Luego, tu dedo maniobra por el borde, se mete entre mi ropa y mi piel para desprender la tela de mi vulva húmeda y deseante. Y así, solo con dos dedos, halas mi ropa interior.
Mis piernas parecen eternas. No acaba se salir la húmeda prenda que ha sentido mi deseo y ahora te deja el campo libre. Regresas por el mismo camino, acariciando mis pies, mis tobillos, las pantorrillas con firmeza, los muslos con pasión, mis caderas con fuerza. Tu cabeza se sumerge en las cataratas de mi ansiedad, tu nariz se abre paso y tu lengua traza círculos infinitos entre mis pliegues. Soplas un poco y me penetras, lengua-pez travieso que se cuela en caminos ajenos. Suspiro.
Tus manos levantan mi cadera y exploran mis nalgas, se meten entre los dos hemisferios y aprovechan los espacios que quedan libres para rozar mi culito que se contrae. Te levantas un poco y veo tu rostro sonriente y mi bello cortito se enreda con tu barba algo crecida. Tu lengua ahora golpetea mi clítoris y tu dedo me invade por detrás. Gimo. Tu boca se abre y abarca toda mi fruta jugosa que se mueve sola de placer. Tu lengua recoge mi final y lo lleva a tu boca. Te veo tragar y lamerte los labios.
Te levantas y me contemplas: blanca piel, bellos que la aduraznan todos en estampida hacia el cielo. Sonríes y me muestras tu total erección admirable. Ahora soy yo la que se sumerge en la contemplación. Hasta que tus manos toman mis piernas y las levantan por sobre tus hombros. Aún tiemblo por el orgasmo pasado y tú sabes que seguiré así un largo rato. Tu pene entra despacio y las paredes de mi vagina se contraen mientras siento que todo mi ser se acerca a ti. Casi siento que puedes tocar mi cuello cada vez que te hundes firmemente contra mí.
Sigues, rítmico, perfecto. Tus ojos tiemblan con un brillo que solo he visto en ellos cuando el deseo se refleja. Tu boca se entreabre. A veces se contrae ligeramente. Acabas en un golpe completo hasta mis profundidades y con un gemido gutural que deja tu mandíbula temblando. Te quedas dentro y sigues en un suave movimiento. Yo no siento la cama bajo mi espalda y en vuelo en la fiebre de mi placer.
Es mejor cobrar conciencia de mi desnudez y meterme bajo el chorro de agua. Ya no logro verme en el espejo que se ha pintado de vapor.
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