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phosphorus

Voyeur

Quiero coger contigo hasta la muerte y morir abrazados como los amantes de Sumpa en eterno fuego que no acaba. Te vi un día como una sombra y te busqué hasta el encuentro casi sin esperanzas. Llegaste entonces con unas cuantas letras y no paraste de venir a mí con desconcierto. Quise jugar y terminé en las redes de un juego no previsto. Y lo peor de todo es que me encanta. Te tomo de la mano y caminamos juntos hasta llegar al ascensor. Un nuevo reto voyeurista nos invita, pero sabemos que no va a ser tan solo eso.

Mientras esperaba, te he sentido a mi lado: lengua de fuego lamiendo cada concavidad de mi existencia. Titilante, impreciso, cálido y murmurante. Acariciarte había sido siempre el contacto de las yemas de mis dedos con las teclas que seden fácilmente a la presión que puedo ejercer sobre ellas al tiempo que me mojo de sueños, se abre mi boca y se abren mis piernas. Ventana diminuta en que tus ojos se clavan impertinentes. Tu boca se contrae apenas y las largas pestañas no bajarán. Una mano detiene el temblor de tu mandíbula y la otra permite que el incansable pulgar deslice a control remoto los renglones.

Te he contado historias de juegos solitarios con uno, dos, tres y hasta más amantes a la vez sobre mi cama, para morder el vaho del deseo. Te he contado de mi placer egoísta, bíblico, eterno. Te he mostrado espacios de sexo sin censura mejores que el canal de Venus y hasta, quizá, te he dejado ver (no sin cierto recelo) que podría hacer el amor.

Te esperaba. Te sentía. Te soñaba. No te vi llegar. Desencantada, he abierto rápidamente mi encierro de bloqueo automático en el auto y lo he activado en su versión pudor de primera noche. Hemos subido juntos y nos hemos besado sin distancia por primera vez. Has dicho que estoy “linda” (sería la única “palabra” salida de tus labios). Hemos bajado nuevamente y el deseo clavado entre mis piernas no ha permitido que conduzca. He empujado ese montón de engranes misteriosos de autopropulsión un puñadito de kilómetros casi solo por un instinto aventurero que no le teme a la muerte. Hemos llegado, hemos odiado el lugar, hemos hablado sin pensar, hemos sentido el frío de la medianoche en el balcón del bar mientras nos engañábamos de palabras. Has huido de mi mano. Pero no has podido huir de mi deseo.

De vuelta en el acto suicida, me he sentido ángel apocalíptico. Voyeur, me has creído capaz de no hacer nada mientras te observo. Has creído, talvez, que lamería mis labios y rozaría mi cuerpo con las manos propias, conocidas. El mundo se me presenta azul y busco azul en los rincones de ese espacio casi desconocido y casi vacío, ocupado de desorden y un par de cualquiercosas sobre el piso. Prefiero la cama que se siente a medias limpia.

Besar, sentir, correr. Nunca iría primero la camisa. Me paro junto a ti y reconozco espacios vistos alguna vez. Tus manos me exploran con temores y no escucho tu voz ni entiendo tus palabras; me encuentro sumergida en un mar dulzón de humedades imprecisas. Y preciso, por tanto, reconocer el espacio explorado y comprobar la hipótesis de examen visual a la distancia. Un tanto decepcionante. Habrá que darle tiempo,

¡Pero qué tiempo cabe en el deseo! Un reto de aguantarlo y la rendición de mi lengua de la punta a la base y de regreso. Verificación de sueños al contacto. Goce de piel entre mis labios, erección que se inflama con mi lengua. Nunca una entrega: diminuta ventana que me observa y se apropia de mi placer. Te veo tembloroso detrás del lente extirpador de almas, que congela el deseo en algunos montonctos de píxeles alineados y deficientemente coloreados por la escasa resolución de un artilugio de bolsillo, juguete para que se diviertan niños.

Rendición en blanco. Resultado previsible, sabor que lleva la amargura. Pruebas tu semen de mis dedos en revelación a medias. Lo atraigo con mi lengua, dibujante en el lienzo de tu piel; lo conduzco sin miedo hasta mi corazón. Mas no llegará el jinete de luz tras la muerte devastadora. ¿Será que aún quedan sellos por romperse?

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