Blogia
phosphorus

Rojinegro

Tengo un pin. Un pin anarquista. Un pin anarquista comprado en Barcelona. Un pin anarquista comprado en las calles de Barcelona. Un pin anarquista, rojo y negro, comprado en las calles de Barcelona. En las calles de Barcelona, rojinegras, anarquistas, de mi memoria que se pierde en la historia no conocida.

Y lo coloco delicadamente en la solapa de mi chaqueta de lino oscuro antes de salir a la reunión que definirá mi porvenir en el trabajo. Pantalón claro, blusa de gasa; a la chaqueta le hacía falta un prendedor o algo. Recojo mi cabello mojado, mechón por mechón, y lo enredo detrás de mi cabeza para atraparlo con las patas plásticas de la araña negra que duerme aún en la mesilla de tocador del baño.

Me miro, me desprecio. Examino mis dientes en búsqueda de caries. Hurgo alguna falsa alarma y pienso que, de todos modos, debería ir al odontólogo para un examen sin costo. Decido colocar el anillo de bodas en mi dedo. Lo busco en el joyero que se esconde entre las calcetas que no uso nunca. Luego cierro la cajita y la devuelvo a su olvido. Penetro el orificio con mi dedo medio.

Cuando las manos empezaron a hinchárseme con el embarazo, él me cedió su anillo para que no tuviera que quitarme simplemente el mío. Él no llevó ninguno nunca. Seguramente a su amante le habría chocado verlo llegar con el yugo nupcial como un peso multiplicado.

1 comentario

nef -

Ya nos conocíamos desde hace algunas semanas. Pero esa mañana, estando ya desnudos en su cama, la noté especial. Te puedo pedir un favor? Me dijo en tono apagado. Me gustaría que te quites el anillo para estar conmigo. Jamás me lo había quitado. Era mi forma de recordarles que pertenezco a otra. Por supuesto, le dije. Sonriendo, dejé el anillo que tenía grabado el nombre de mi esposa en su mesita de noche. No me molestaba quitármelo. Me molestaba saber que ella se estaba enamorando de mí y que nuestros dias estaban contados. De todas las amantes que he tenido, ella es la única a la que extraño.