Rojinegro
Tengo un pin. Un pin anarquista. Un pin anarquista comprado en Barcelona. Un pin anarquista comprado en las calles de Barcelona. Un pin anarquista, rojo y negro, comprado en las calles de Barcelona. En las calles de Barcelona, rojinegras, anarquistas, de mi memoria que se pierde en la historia no conocida.
Y lo coloco delicadamente en la solapa de mi chaqueta de lino oscuro antes de salir a la reunión que definirá mi porvenir en el trabajo. Pantalón claro, blusa de gasa; a la chaqueta le hacía falta un prendedor o algo. Recojo mi cabello mojado, mechón por mechón, y lo enredo detrás de mi cabeza para atraparlo con las patas plásticas de la araña negra que duerme aún en la mesilla de tocador del baño.
Me miro, me desprecio. Examino mis dientes en búsqueda de caries. Hurgo alguna falsa alarma y pienso que, de todos modos, debería ir al odontólogo para un examen sin costo. Decido colocar el anillo de bodas en mi dedo. Lo busco en el joyero que se esconde entre las calcetas que no uso nunca. Luego cierro la cajita y la devuelvo a su olvido. Penetro el orificio con mi dedo medio.
Cuando las manos empezaron a hinchárseme con el embarazo, él me cedió su anillo para que no tuviera que quitarme simplemente el mío. Él no llevó ninguno nunca. Seguramente a su amante le habría chocado verlo llegar con el yugo nupcial como un peso multiplicado.
Y lo coloco delicadamente en la solapa de mi chaqueta de lino oscuro antes de salir a la reunión que definirá mi porvenir en el trabajo. Pantalón claro, blusa de gasa; a la chaqueta le hacía falta un prendedor o algo. Recojo mi cabello mojado, mechón por mechón, y lo enredo detrás de mi cabeza para atraparlo con las patas plásticas de la araña negra que duerme aún en la mesilla de tocador del baño.
Me miro, me desprecio. Examino mis dientes en búsqueda de caries. Hurgo alguna falsa alarma y pienso que, de todos modos, debería ir al odontólogo para un examen sin costo. Decido colocar el anillo de bodas en mi dedo. Lo busco en el joyero que se esconde entre las calcetas que no uso nunca. Luego cierro la cajita y la devuelvo a su olvido. Penetro el orificio con mi dedo medio.
Cuando las manos empezaron a hinchárseme con el embarazo, él me cedió su anillo para que no tuviera que quitarme simplemente el mío. Él no llevó ninguno nunca. Seguramente a su amante le habría chocado verlo llegar con el yugo nupcial como un peso multiplicado.
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