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phosphorus

Botticelli

En uno de esos programas de radio para adolescentes semirevelados que suelen pasarse en las emisoras dadas de alternativas, he tenido el insano placer de escuchar, durante la media hora que separa el consultorio de mi psiquiatra de mi trabajo, el interactivo debate sobre los piropos. Sí, así de trascendental. Me he burlado sin ganas de la cantidad de melaza de la que muchos inocentes pueden sentirse orgullosos y de las risas nerviosas de las nenas que cuentan como las ha llamado su “novio”.

Yo lo he pensado y solo he logrado concluir que soy incapaz de decirle dulzuras a alguien más que al gato. Y creo que también soy incapaz de recibirlas sin una carcajada. Entonces, me he atormentado en mi sensibilidad estética al escuchar las “obras de arte del amor” que iban desde referencias culinarias hasta grecorromanos y divinos elogios con errores en mitología.

Pero he recordado que una vez, una sola vez, sentí que eso era un piropo:

“Cuando te vi —me dijo— creí que una mujer se había escapado de algún cuadro de Botticelli. Ahora no tengo dudas: eres la Venus surgiendo desnuda de la aguas de mi deseo ante mis mortales ojos sorprendidos”.

Sin embargo, debo admitirlo, solté una horrenda carcajada y me puse a horcajadas sobre él para que se dejara de deslices plástico-poéticos y se concentrara en la erección que debía aún mejorar para que fuera rendidora esa tarde de hotelito.

1 comentario

nef -

Ayer leí, en una fugaz mirada al buzón de correo de un amigo, un pedazo de texto que decía algo más o menos así: "ámame cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite". Tras una breve investigación concluyo que se trata de un proverbio chino, cosa que no viene al caso, pero que me recuerda mi constante y consciente lucha en favor de la paciencia y la tolerancia, dos de las virtudes que más me gustan cultivar.
Por cierto, caí en ese tema luego de haber navegado por una serie de divagaciones que partieron de leer el texto de los piropos. Volviendo entonces al tema inicial, asumo que no recuerdas haber dicho nunca un piropo "dulce" a nadie, y que de los que te han dicho ha tí solo uno se quedó grabado como tal en tu memoria. Cuando las cosas son escasas, tienden a aumentar su precio. Yo pagaría por escucharte decir un piropo de tu invención. No a mi, al otro.
Me contentaré con revisar ciertos halagos que he encontrado en tus textos, de las cualidades físicas de algunos de tus amantes. Que fría se puso esta ciudad de mierda.