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sexo...

Este frío tiempo de “ayuno de la carne”, como dirían las monjas que malograron a esta catholic school survivor, me ha permitido meditar, así como a lo krishna, acerca de la esencia humana. Qué Kierkegaard, que Hegel, que Heidegger, que maldito e insoportable Derrida… La clave del instante, el arte, el Ser, la huella… la única clave en la vida se encuentra en el sexo.

Y no vayan a creer que me refiero a los fines reproductivos (no es por vicio, no es por fornicio, es por traer un hijo a tu servicio. Se abre un ojalito y sacatraca). No, no, no. En eso no radica la esencia de lo humano, sino más bien la esencia de lo animal. Lo que distingue al humano de las otras bestias de la Creación es precisamente su capacidad de vicio, el fornicio y el deseo inconmensurable de deshacerse de la servidumbre tanto suya como de sus hijos (de los cuales, por cierto, también procurará huir a como dé lugar).

Caray, es que todos los problemas pueden resolverse más fácilmente en la cama. Si los ministros, en lugar de discutir las políticas de Estado, se pusiera a tirar en las reuniones de Gabinete, les doy un ojo de mi cara a que no volveríamos a quejarnos por una injusta representación de género, no se sabría de insatisfacción con las resoluciones del presidente entre sus colaboradores (siempre y cuando se respetara la orgía perpetua y no el tú con tú dictatorial, desde luego) y que el FMI hace tiempo habría sido mandado a volar si no cambiaba sus cartas de intención por ejemplares ilustrados del kama sutra.

La política se va resolver mejor por la vía de la orgía perpetua que por la de la revolución continua (lo siento Trotski, querido).

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