Me designaron su tutora
Me designaron como su tutora. Lo había conocido en las clases de verano a las que asistía porque, de todas formas, no había nada más que hacer a esas alturas de las vacaciones. A él lo obligaba su condición de nuevo traído para rellenar el tercer paralelo que las monjas se habían empeñado en abrir.
Yo era la niña que no hablaba con nadie y que se pasaba el día caminando por los corredores. Cargaba bajo el brazo un cuaderno en el que no estudiaba nada. Solo era el pretexto para botarme en cualquier parte del césped y ponerme a escribir basura, así como ahora me siento en cualquier café de la ciudad y tecleo en mi iBook. Siempre usaba la camiseta del colegio y me la metía dentro del pantalón bombacho del uniforme de deportes; la falda bajo la rodilla, los zapatos de cordón; el pelo negro y lacio agarrado en trenzas de Rapulsel que llegaban hasta mi cintura; anteojos a lo Chaparrón Bonaparte. Parecía una carrera por parecer lo más horrible que se pudiera.
Sin embargo, bastaba dejar accidentalmente abierto el botón más alto de la camisa, lograr que la trenza abriera sutilmente el mirador y sentarse, descuidada, para que el viento cumpliera con su cometido y levantara la falda de tablones que quedaba libre por un lado. Siempre habría un tipo sexi, de los últimos años, llegando por detrás a preguntar que escribía y asomarse para mirar sobre mi hombro.
Sería, entonces, la tutora perfecta, dedicaría mis horas libres y los recreos vacíos a nivelar al chiquillo delgaducho que había sido condicionado por su ineptitud. Así fue como él llegó la primera vez a mi casa, una tarde de octubre, usando aún el uniforme y trayendo en su mochila libro y cuaderno de Química. Nos sentamos con el peso de los enlaces indescifrables sobre las rodillas, uno junto al otro, y empezamos a charlar de cualquier cosa menos de la tabla periódica y sus valores de quién sabe qué. La verdad era que yo tampoco comprendía nada.
Tarde tras tarde lo vi llegar en uniforme, cargando su mochila y un hambre eterna. Mi madre nos dejaba siempre algún postre en la cocina y se marchaba a dormir la siesta. Los dos aprovechábamos el mullido asiento del estudio para besarnos, la mesa del comedor para acostarnos y tocarnos hasta la desesperación, la alfombra áspera para estimular la piel desnuda. Fue entre ejercicios de álgebra, vectores, sales y soluciones que descubrí el cuerpo de un hombre al borde del orgasmo, que sentí las manos de otro tocarme desde la punta de los dedos de mis manos hasta en epicentro del placer.
Yo era la niña que no hablaba con nadie y que se pasaba el día caminando por los corredores. Cargaba bajo el brazo un cuaderno en el que no estudiaba nada. Solo era el pretexto para botarme en cualquier parte del césped y ponerme a escribir basura, así como ahora me siento en cualquier café de la ciudad y tecleo en mi iBook. Siempre usaba la camiseta del colegio y me la metía dentro del pantalón bombacho del uniforme de deportes; la falda bajo la rodilla, los zapatos de cordón; el pelo negro y lacio agarrado en trenzas de Rapulsel que llegaban hasta mi cintura; anteojos a lo Chaparrón Bonaparte. Parecía una carrera por parecer lo más horrible que se pudiera.
Sin embargo, bastaba dejar accidentalmente abierto el botón más alto de la camisa, lograr que la trenza abriera sutilmente el mirador y sentarse, descuidada, para que el viento cumpliera con su cometido y levantara la falda de tablones que quedaba libre por un lado. Siempre habría un tipo sexi, de los últimos años, llegando por detrás a preguntar que escribía y asomarse para mirar sobre mi hombro.
Sería, entonces, la tutora perfecta, dedicaría mis horas libres y los recreos vacíos a nivelar al chiquillo delgaducho que había sido condicionado por su ineptitud. Así fue como él llegó la primera vez a mi casa, una tarde de octubre, usando aún el uniforme y trayendo en su mochila libro y cuaderno de Química. Nos sentamos con el peso de los enlaces indescifrables sobre las rodillas, uno junto al otro, y empezamos a charlar de cualquier cosa menos de la tabla periódica y sus valores de quién sabe qué. La verdad era que yo tampoco comprendía nada.
Tarde tras tarde lo vi llegar en uniforme, cargando su mochila y un hambre eterna. Mi madre nos dejaba siempre algún postre en la cocina y se marchaba a dormir la siesta. Los dos aprovechábamos el mullido asiento del estudio para besarnos, la mesa del comedor para acostarnos y tocarnos hasta la desesperación, la alfombra áspera para estimular la piel desnuda. Fue entre ejercicios de álgebra, vectores, sales y soluciones que descubrí el cuerpo de un hombre al borde del orgasmo, que sentí las manos de otro tocarme desde la punta de los dedos de mis manos hasta en epicentro del placer.
0 comentarios