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phosphorus

Al cierre de la jornada

Hoy (debe ser hormonal, supongo) siento la inminente necesidad física de un hombre. Es una de esas veces en que no hay otra cosa que hacer sino salir en busca de un amante. Pero me encierra el ruido de la sala de redacción que corre en pos de la noticia, el cierre más actual, el mejor título de las portadas de la mañana. Y esperaré de largo, minuto a minuto, hora a hora, que los entusiastas editores decidan pasar la simple página de cajas de tres párrafos para que la lea y les diga lo mal que hacen su trabajo. Luego, recibirán la página y pensarán en lo odiosa que es aquella que convierte en un sanguinolento mapa de líneas rojas su perfecta página estelar.

Ya no me importará marchar, entonces, despacio, como si nada pasara en mí, hasta el baño. Entraré y me masturbaré. Seguiré disfrutando despacito cada rincón de su cuerpo imaginario. De su rigidez que se vuelve más ardiente cuando paso mi mano entre sus piernas abiertas, tocándolo desde abajo, marcando con mis dedos los contornos que insinúa la tela que se tensa por encima de su erección.

A dos manos, sentirlo sonreír más que verlo haciéndolo. Abrir suavemente el botón que ajusta su cintura y zafar el cierre que sede a la presión que ruge dentro, y baja. No hay prisa. Puedo espiar un rato, alzar a ver sus ojos que ríen y su boca que se inflama gracias a algún efecto narcisista. Sabe que es bella, que sus labios llaman. Me arrodillo frente a él, sobre su cama y, cuando hace el ademán de entregarme su boca deliciosa en un beso, me echo hacia adelante solo lo suficiente como para que su destino cambie hacia mi pecho. El top a rayas deja ver el principio de mis senos y él se demora en explorarlos con sus manos y su lengua.

Solo en un breve instante dejo que su lengua alcance la mía y se deslice por mis labios que se alejan, descienden. Él trata de acomodarse más nervioso de lo que podía haberme imaginado antes de esta noche. Sujeto sus caderas y se calma un tanto; deja que sus pantalones bajen. Su ropa de punto aprisiona su verga viril que se esfuerza por saltar en busca de calor y humedad. Antes de deshacerme de la tela, prefiero tocarla con mi lengua, allí donde esconde la cabeza rígida que clama. Puedo verlo crecer, solidificarse, cuerpo cavernoso.

Lo acaricio suavemente para bajar luego la ropa que me estorba. Me deja hacer, pero acomoda la camiseta como si algo de pudor lo atemorizara. Sonrío ante ese gesto seguramente inconsciente y me dispongo a lo mío. Observo las nervaduras de ese tronco y las delineo con mi lengua. Mantengo la una mano sobre su muslo (el que alzado al doblar su rodilla para librarse de la ropa interior y, con la otra, recorro la aspereza de su vello.

Mi labio inferior se detiene en el borde de la cumbre y el superior corona su virilidad y la captura. Podría morderlo y arrancarle un tajo, pero lo envuelvo con mi lengua, una, dos veces. Bajo mi cabeza buscando su regazo y siento como su verga roza el paladar, raspa las muelas. Solo tengo que mover mi cara para decidir que va a sentir ahora. Subo y bajo. Dejo que se escape tras halar mi mejilla y lo chupo por los lados, como al barquillo del helado que ha empezado a derretirse. Lo abrazo de nuevo con mi boca y siento que su mano se posa sobre mi cabeza, me acaricia el cabello húmedo por la ducha que he tomado. Sigo con mi trabajo y siento como empieza a dejar fluir desesperadamente los primeros indicios del orgasmo. Me elevo y tomo aire soltándolo un segundo. Su mano se vuelve un puño que atrapa mi cabello y me empuja hacia su centro. Río, pero mi risa se ahoga cuando su verga repleta mi boca.

Acelero el movimiento, lo rodeo con mi lengua, convino movimientos como quien realmente goza de eso. Escucho un gemido profundo y el líquido viscoso llena mi boca. Succiono y el gemido se multiplica. Trago y doy golpecitos con mi lengua que castañea en mi boca y saca nuevas explosiones de aire de su boca y de semen de su verga. Me separo y siento mi boca-ama. En sus ojos está el hueco del placer gozoso y su lengua se abalanza para detener una gota blanca que se desliza por mis comisuras.

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