Dulce
Hoy he probado mi sabor
y es dulce, extrañamente dulce.
He recordado cuando mi ex amante, luego de tocarme en medio del deseo, subía sus dedos acariciándome y los presentaba a mi boca para que los lamiera. Sonreía. Era como si pretendiera hacerme un poco más su cómplice en ese juego de sabores. Pero yo nunca supe lo que sentía su lengua al detenerse y chasquear sobre mi clítoris, ni lo que podía sentir cuando se deslizaba en una larga lamida sobre toda la abertura agonizante de mi vulva. Tenía demasiadas sensaciones en las que pensar.
Pero hoy me he detenido tras el orgasmo que me ha provocado otro en la mira mientras me masturbaba en la cocina. Había empezado de alguna forma una sesión incontrolable cuando escuchaba Bajo Fondo y decidí pararme para soñar en una after party con el otro. La música sensual y suave acarició mi cuerpo y mis manos imaginaron ser las suyas alrededor de mi cintura, buscando trazar las curvas con sus dedos por dentro de mi pantalón. Pensé que no se lo dejaría hacer, pero era solo que me mentía en aras de la decencia que se me ocurre lógica luego de estar lidiando con María, de Jorge Isaacs, durante horas.
Eran casi las dos de la mañana y mis ojos reclamaban alejarse del brillo de la pantalla para cerrarse y mirar un bar lleno de gente, un hombre real bailando a mi lado, mirándome y sonriendo. Mi cabeza pretendió buscar una salida tierna de autoconsuelo amoroso totalmente inútil, pero mis manos se negaron a quedarse quietas, como se negarían, seguramente, las del otro.
Me he masturbado con ganas, con ganas contenidas en el receptáculo del deseo. He dejado que sus dedos exploraran poco a poco mi cuerpo (nuevo para él, aunque yo lo conozca de memoria hasta en sus más pequeños detalles). Sería una mano sabia la suya y al rato me tendría rogando que ignorara la gente alrededor y me llevara al orgasmo fácil que me brindan las manos. Pretendería controlarme en tierra, pero me es connatural el vuelo.
Me he masturbado con ganas, sí. Y, al terminar, me he quedado sintiendo dentro mis dedos (los míos ya, entonces). He recordado al mago y sus manías. Solo he salido despacio, pegajosa y húmeda, y he decidido averiguar cuál era ese sabor. Siempre pensé que resultaría un tanto amargo, acidulado, salado. Pero no, es dulce, sorprendentemente dulce. No como lo puede ser un caramelo, sino más bien como una fresa o como una tacita de té de jazmín fresco con una pequeña cucharada de miel de abeja. Un sabor dulce apenas reconocible en medio de otras sensaciones.
He recordado cuando mi ex amante, luego de tocarme en medio del deseo, subía sus dedos acariciándome y los presentaba a mi boca para que los lamiera. Sonreía. Era como si pretendiera hacerme un poco más su cómplice en ese juego de sabores. Pero yo nunca supe lo que sentía su lengua al detenerse y chasquear sobre mi clítoris, ni lo que podía sentir cuando se deslizaba en una larga lamida sobre toda la abertura agonizante de mi vulva. Tenía demasiadas sensaciones en las que pensar.
Pero hoy me he detenido tras el orgasmo que me ha provocado otro en la mira mientras me masturbaba en la cocina. Había empezado de alguna forma una sesión incontrolable cuando escuchaba Bajo Fondo y decidí pararme para soñar en una after party con el otro. La música sensual y suave acarició mi cuerpo y mis manos imaginaron ser las suyas alrededor de mi cintura, buscando trazar las curvas con sus dedos por dentro de mi pantalón. Pensé que no se lo dejaría hacer, pero era solo que me mentía en aras de la decencia que se me ocurre lógica luego de estar lidiando con María, de Jorge Isaacs, durante horas.
Eran casi las dos de la mañana y mis ojos reclamaban alejarse del brillo de la pantalla para cerrarse y mirar un bar lleno de gente, un hombre real bailando a mi lado, mirándome y sonriendo. Mi cabeza pretendió buscar una salida tierna de autoconsuelo amoroso totalmente inútil, pero mis manos se negaron a quedarse quietas, como se negarían, seguramente, las del otro.
Me he masturbado con ganas, con ganas contenidas en el receptáculo del deseo. He dejado que sus dedos exploraran poco a poco mi cuerpo (nuevo para él, aunque yo lo conozca de memoria hasta en sus más pequeños detalles). Sería una mano sabia la suya y al rato me tendría rogando que ignorara la gente alrededor y me llevara al orgasmo fácil que me brindan las manos. Pretendería controlarme en tierra, pero me es connatural el vuelo.
Me he masturbado con ganas, sí. Y, al terminar, me he quedado sintiendo dentro mis dedos (los míos ya, entonces). He recordado al mago y sus manías. Solo he salido despacio, pegajosa y húmeda, y he decidido averiguar cuál era ese sabor. Siempre pensé que resultaría un tanto amargo, acidulado, salado. Pero no, es dulce, sorprendentemente dulce. No como lo puede ser un caramelo, sino más bien como una fresa o como una tacita de té de jazmín fresco con una pequeña cucharada de miel de abeja. Un sabor dulce apenas reconocible en medio de otras sensaciones.
0 comentarios