caviar sobre mis piernas
En lo que podría ser un pecado culinario, un crimen cometido contra la etiqueta gourmet, esta noche como galletitas Ritz con queso semitierno y caviar negro. Lo acompaño con un mate amargo mal cebado. Río. Mis pies rozan el frío embaldosado de la pared de la cocina y yo me deleito al verme reflejada, medio desnuda, sentada en una silla de madera frente al vacío del límite del cuarto. En la mesa, a mi lado, el salvapantallas de mi iBook muestra aleatoriamente el rostro de tres hombres. Cada uno es un recuerdo, un deseo y un sueño erótico. Cada uno es ahora como un mate mal cebado: casi rico.
Me he masturbado hasta el agotamiento y aún me siento húmeda. Dejo la galletita comida a medias a un lado y me dedico al superficial y femenino rito de examinar los pelillos que han regresado a mis piernas pasadas algo más de dos de semanas desde la última depilación.
He recordado entonces que me depilé la víspera de verme con aquel que sonríe en la pantalla. Y revivo el ardor de la arrancada en el biquini. Luego, el placer de sentir, unas horas más tarde, sus manos abriéndome las piernas con deseo y erotismo que, de algún modo, me ha dolido todavía más, pues es mi rendición ante el poder de su hombría.
Me he masturbado hasta el agotamiento y aún me siento húmeda. Dejo la galletita comida a medias a un lado y me dedico al superficial y femenino rito de examinar los pelillos que han regresado a mis piernas pasadas algo más de dos de semanas desde la última depilación.
He recordado entonces que me depilé la víspera de verme con aquel que sonríe en la pantalla. Y revivo el ardor de la arrancada en el biquini. Luego, el placer de sentir, unas horas más tarde, sus manos abriéndome las piernas con deseo y erotismo que, de algún modo, me ha dolido todavía más, pues es mi rendición ante el poder de su hombría.
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nef -
Tiembla. Voltea su rostro y me mira. Acerca su boca entreabierta a la mia y me fusiona con un beso de muerte. Puedo sentir su lengua húmeda ingresando dentro de mi, hasta la garganta, hasta el esófago, hasta el estómago. No encuentro mejor forma de describir un tanto placer.
En su espasmo, vomita dentro de mí esa saliva ácida y viscosa. Ya no siento mis patas, ni mi abdomen. Sin embargo, cual empujado por el primitivo instinto del deseo, me sigo moviendo dentro de ella con el mismo constante y brutal desenfreno. Ahora tengo frio. Tengo miedo. Mientras mis ojos se apagan, puedo verla, llevándose en su vientre mis hijos y mi cuerpo. Soy un macho feliz. La he amado. La he preñado y he pagado con mi vida mi deseo. Soy un macho feliz, pero muerto.
mantis religiosa