Juega, que te extraño
Acabo de bañarme, escucho Korn y extiendo la crema humectante sobre mis piernas. No he podido evitar desearte.
En algún lugar, a alguien escuché que cada acto de su feminidad, lo asumiría con la seriedad de un acto trascendente. Una justificación seudoexistencial para el placer erótico de autoacariciarse con masajes humectantes o lastimarse ligeramente con una depilación.
Yo, en cambio, admito que dejo a Mayra torturarme cada quince días en el SPA solo porque resulta más horrible ver crecer mi vello en las axilas y plagarse mis piernas de una sombra desalentadora. Pero, en cuanto a las caricias de una suave humectación después del baño
Me encanta sentir la crema fría rodar por mis piernas, por mis pechos. Luego, se la debe extender en suaves movimientos, presionando con las yemas. Ese fluido blanquecino se vuelve tibio y se transforma en una leve capa transparente sobre mi piel ansiosa de placer.
Sueño con tirarme sobre tu cama, desnuda, boca abajo, y dejar que tus manos lleguen a esos puntos ciegos en mi espalda. Tus dedos deben danzar a cada lado de mi columna vertebral y resbalar hasta que tus palmas se unan a la piel de mis omóplatos. No hay prisa, solo debes tomar más loción y seguir acariciándome, recorrer mi espalda centímetro a centímetro, alzar mis brazos, sentarte a horcajadas sobre mí y seguir acariciándome. Descender un poco, llegar hasta mis nalgas duras, deslizar todo tu cuerpo y tomarte un tiempo para observarme y luego rodearme con tus manos y besarme.
Me darás la vuelta para descubrir mis pequeños senos firmes y los pezones gritando por tus dedos, por tus labios, por tus dientes. Ríe y lleva tus manos desde mi cintura hasta abrazar y levantar mis pechos. Bésame la boca y deja que sienta tu lengua en mi paladar, casi en mi garganta, jugando a llegar más lejos, a acariciar las amígdalas hasta dejarme sin aire.
Una carcajada y estás sobre mí en un juego infinito de tu cuerpo delgado rozando el mío que tiembla de deseo. Te miro grande y abro mis piernas para dejarte entrar. Pero tú solo sonríes, retrocedes sobre tus rodillas; tomas nuevamente el frasco que había caído junto a nosotros dejando que se derramara un poco de la crema blanca y suave. Riegas un chorrito sobre mi rodilla y este se corre por mi muslo. Vuelven tus manos en delicados aunque firmes movimientos a tocar, primero la cara externa de mi pierna y luego las pantorrillas en movimientos que las envuelven. Lo haces al mismo tiempo de ambos lados. Por último, riegas más crema desde lo alto sobre la palma de tu mano, juntas las dos y, al separarlas, un poco de esa leche humectante se derrama. Empiezas en mis rodillas y desciendes por la cara interna de mis muslos como si pretendieras lubricarme desde fuera. Llegas hasta mis ingles, depiladas la víspera y tus índices juegan sobre su tersura absoluta. Sujetas mis caderas y te sostienes en ellas para acercar tu arma ardiente hasta mi entrepierna y penetrarme con furia.
Cuando estás ya dentro, flexionas mis piernas y te apoyas sobre ellas para moverte rítmicamente hasta el orgasmo. Lento pero con fuerza, con fuego en las entrañas, sin urgencias, gozando de cada segundo del contacto. Hasta el final. Explotas con un gemido dentro de mí, mientras me mojo, en el mismo instante, con mi propio placer desparramado. Liberas mis piernas y te tiras sobre mí. Mis senos siente la presión de tu pecho sobre ellos y el vello que se enredan ligeramente en los pezones. No me besas, rendido como estás. Solo ríes en mi oído y comentas: Porque tiene uno que cansarse tanto. Debo dejar de beber y conseguir un turno más normal en el trabajo.
En algún lugar, a alguien escuché que cada acto de su feminidad, lo asumiría con la seriedad de un acto trascendente. Una justificación seudoexistencial para el placer erótico de autoacariciarse con masajes humectantes o lastimarse ligeramente con una depilación.
Yo, en cambio, admito que dejo a Mayra torturarme cada quince días en el SPA solo porque resulta más horrible ver crecer mi vello en las axilas y plagarse mis piernas de una sombra desalentadora. Pero, en cuanto a las caricias de una suave humectación después del baño
Me encanta sentir la crema fría rodar por mis piernas, por mis pechos. Luego, se la debe extender en suaves movimientos, presionando con las yemas. Ese fluido blanquecino se vuelve tibio y se transforma en una leve capa transparente sobre mi piel ansiosa de placer.
Sueño con tirarme sobre tu cama, desnuda, boca abajo, y dejar que tus manos lleguen a esos puntos ciegos en mi espalda. Tus dedos deben danzar a cada lado de mi columna vertebral y resbalar hasta que tus palmas se unan a la piel de mis omóplatos. No hay prisa, solo debes tomar más loción y seguir acariciándome, recorrer mi espalda centímetro a centímetro, alzar mis brazos, sentarte a horcajadas sobre mí y seguir acariciándome. Descender un poco, llegar hasta mis nalgas duras, deslizar todo tu cuerpo y tomarte un tiempo para observarme y luego rodearme con tus manos y besarme.
Me darás la vuelta para descubrir mis pequeños senos firmes y los pezones gritando por tus dedos, por tus labios, por tus dientes. Ríe y lleva tus manos desde mi cintura hasta abrazar y levantar mis pechos. Bésame la boca y deja que sienta tu lengua en mi paladar, casi en mi garganta, jugando a llegar más lejos, a acariciar las amígdalas hasta dejarme sin aire.
Una carcajada y estás sobre mí en un juego infinito de tu cuerpo delgado rozando el mío que tiembla de deseo. Te miro grande y abro mis piernas para dejarte entrar. Pero tú solo sonríes, retrocedes sobre tus rodillas; tomas nuevamente el frasco que había caído junto a nosotros dejando que se derramara un poco de la crema blanca y suave. Riegas un chorrito sobre mi rodilla y este se corre por mi muslo. Vuelven tus manos en delicados aunque firmes movimientos a tocar, primero la cara externa de mi pierna y luego las pantorrillas en movimientos que las envuelven. Lo haces al mismo tiempo de ambos lados. Por último, riegas más crema desde lo alto sobre la palma de tu mano, juntas las dos y, al separarlas, un poco de esa leche humectante se derrama. Empiezas en mis rodillas y desciendes por la cara interna de mis muslos como si pretendieras lubricarme desde fuera. Llegas hasta mis ingles, depiladas la víspera y tus índices juegan sobre su tersura absoluta. Sujetas mis caderas y te sostienes en ellas para acercar tu arma ardiente hasta mi entrepierna y penetrarme con furia.
Cuando estás ya dentro, flexionas mis piernas y te apoyas sobre ellas para moverte rítmicamente hasta el orgasmo. Lento pero con fuerza, con fuego en las entrañas, sin urgencias, gozando de cada segundo del contacto. Hasta el final. Explotas con un gemido dentro de mí, mientras me mojo, en el mismo instante, con mi propio placer desparramado. Liberas mis piernas y te tiras sobre mí. Mis senos siente la presión de tu pecho sobre ellos y el vello que se enredan ligeramente en los pezones. No me besas, rendido como estás. Solo ríes en mi oído y comentas: Porque tiene uno que cansarse tanto. Debo dejar de beber y conseguir un turno más normal en el trabajo.
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