Resiste
Deben ser casi las tres de la mañana. Habrás despertado con tanta alarma de mensaje entrante. Habrás visto mi nombre y me habrás odiado por despertarte. Cinco minutos. Y luego
solo sentir que te despierto metiéndome desnuda entre tus sábanas para hacer el amor hasta la muerte.
No puedo dormir y me atormento en el deseo al que temo solo un poco menos que al sentirme vulnerable nuevamente. Hace frío y me hundo entre las frías sábanas para apagar el ardor que tengo en mi cuerpo todavía húmedo después del baño. Pero nada resulta, me posees endiabladamente en el tormento de tu ausencia que ya ocupa un espacio en esta cama. La tela roza mi pecho y hace que se pongan de punta mis pezones y que cada bello, a lo largo de mí, vibre. No lo haré, no voy a masturbarme nuevamente.
La sábana lisa bajo mis dedos, calma. La mandíbula me tiembla, mis labios ansían sentir los tuyos abrigándolos, te buscan en el aire frío de la habitación vacía, tan vacía de sexo en tanto tiempo.
Te encuentro boca arriba, odiándome un instante. Pero tendrás que atormentarte en la madrugada con mis manos que te recorren y te descubren centímetro a centímetro. Te contemplo, dios rendido en el lecho, desnudo, puro, excitándote incontenible y sin pudores. De rodillas ante ti, te cubro. Me entrego de rodillas y te envuelvo, te atrapo al mismo tiempo. Caballo salvaje, te monto sin destino cierto, conducida en movimientos que terminan en el choque de nuestras caderas; húmedo arriba-abajo, afuera-adentro, tus manos me sostienen en el punto exacto y de vuelta a la fuerza de tu sexo encendido, despierto en medio de la noche, ansioso. Suave, casi eterna tortura de picana en que me siento atada, incrustada, desarmada.
Mis dedos arrugan la sábana, resiste. Te veo riéndote, sentado frente a mí, te acaricias, te exhibes para que pueda dolerme más el hallarme dentro de esta urna del vacío de ti en mi cama. Te masturbas con desfachatez inusitada. Suspiro y tiemblo, boca y todo el cuerpo. Es casi un dolor en el bajo vientre, espasmos incontrolables. No paras, manos que conocen su trabajo. Explotas y sigues incansable sin querer abandonar el placer del orgasmo. Tus dedos se ensucian y te derramas en la cama mientras la ciudad duerme.
No puedo dormir y me atormento en el deseo al que temo solo un poco menos que al sentirme vulnerable nuevamente. Hace frío y me hundo entre las frías sábanas para apagar el ardor que tengo en mi cuerpo todavía húmedo después del baño. Pero nada resulta, me posees endiabladamente en el tormento de tu ausencia que ya ocupa un espacio en esta cama. La tela roza mi pecho y hace que se pongan de punta mis pezones y que cada bello, a lo largo de mí, vibre. No lo haré, no voy a masturbarme nuevamente.
La sábana lisa bajo mis dedos, calma. La mandíbula me tiembla, mis labios ansían sentir los tuyos abrigándolos, te buscan en el aire frío de la habitación vacía, tan vacía de sexo en tanto tiempo.
Te encuentro boca arriba, odiándome un instante. Pero tendrás que atormentarte en la madrugada con mis manos que te recorren y te descubren centímetro a centímetro. Te contemplo, dios rendido en el lecho, desnudo, puro, excitándote incontenible y sin pudores. De rodillas ante ti, te cubro. Me entrego de rodillas y te envuelvo, te atrapo al mismo tiempo. Caballo salvaje, te monto sin destino cierto, conducida en movimientos que terminan en el choque de nuestras caderas; húmedo arriba-abajo, afuera-adentro, tus manos me sostienen en el punto exacto y de vuelta a la fuerza de tu sexo encendido, despierto en medio de la noche, ansioso. Suave, casi eterna tortura de picana en que me siento atada, incrustada, desarmada.
Mis dedos arrugan la sábana, resiste. Te veo riéndote, sentado frente a mí, te acaricias, te exhibes para que pueda dolerme más el hallarme dentro de esta urna del vacío de ti en mi cama. Te masturbas con desfachatez inusitada. Suspiro y tiemblo, boca y todo el cuerpo. Es casi un dolor en el bajo vientre, espasmos incontrolables. No paras, manos que conocen su trabajo. Explotas y sigues incansable sin querer abandonar el placer del orgasmo. Tus dedos se ensucian y te derramas en la cama mientras la ciudad duerme.
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