Autorretrato
En fútbol, hincha de la Academia por tradición familiar (soy del Quito desde chiquito), aunque en realidad lo degusté por primera vez con la época de oro del Emelec a inicios de los noventa. No soporto ni de lejos al Barcelona y, aunque la repulsión es menor, tampoco a la Liga. Por eso, podrás imaginarlo, la final del Apertura me pasó con tanta trascendencia como la del Nacional de Baloncesto.
Y en lides mundialeras, siempre me cayeron bien los franceses hasta que eliminaron a Italia en el 98. Recuerdo que aquel mediodía lloré y maldije tanto que mi madre pensó que algún maldito me había violado y no que Blanc había anotado el penalti definitivo después de que Demetrio Albertini y Di Biaggio arruinaran la última esperanza azurra. Acá más cerca, Argentina ha sido y será el papá de los brasileños desde siempre y hasta siempre, me digan lo que me digan sobre el tetracampeonato u otras pretenciones fatuas (patearé el trasero del próximo que vea con una remerita verdeamarela).
Prefiero quedarme viendo las clasificaciones del GP de Monza con un buen trago que irme de farra a cualquier barcito. Las mañanas de F1 y chocolatines son un deleite de ocio y armónicos motores rugiendo en el estéreo de la tele grande, la de ver las pelis, el fútbol y las carreras. Roja ferrarista desde la época de Gerhard Berger y no solo por el odioso, aunque genial, Schumacher.
Puedo moshiar hasta salir salpicada de sangre, pero jamás (ni aunque me amenazaran con el filo cortante de una botella) me verías bailar reguetón. El ska, en cambio, me pone a bailar de inmediato y el punk me llama con lujuria de saqueo. Para hacer el amor, variaría de acuerdo al ánimo, pero podríamos pensar en Gotan Project, Bajo Fondo o algo más doom con Anathema, o con los Caifanes menos conocidos para quedarnos en el continente. También funcionaría de maravilla una tiernona selección de Calamaro y Los Rodríguez, pero si popero te pones, me tendrás más loca si pasas Zoom de Soda Stereo un millón de veces. Pero, eso sí, bajo ninguna condición te pongas trovero.
Qué más. Nada. Soy alérgica a la aspirina y la única cirugía que tengo es la de la cesárea.
Y en lides mundialeras, siempre me cayeron bien los franceses hasta que eliminaron a Italia en el 98. Recuerdo que aquel mediodía lloré y maldije tanto que mi madre pensó que algún maldito me había violado y no que Blanc había anotado el penalti definitivo después de que Demetrio Albertini y Di Biaggio arruinaran la última esperanza azurra. Acá más cerca, Argentina ha sido y será el papá de los brasileños desde siempre y hasta siempre, me digan lo que me digan sobre el tetracampeonato u otras pretenciones fatuas (patearé el trasero del próximo que vea con una remerita verdeamarela).
Prefiero quedarme viendo las clasificaciones del GP de Monza con un buen trago que irme de farra a cualquier barcito. Las mañanas de F1 y chocolatines son un deleite de ocio y armónicos motores rugiendo en el estéreo de la tele grande, la de ver las pelis, el fútbol y las carreras. Roja ferrarista desde la época de Gerhard Berger y no solo por el odioso, aunque genial, Schumacher.
Puedo moshiar hasta salir salpicada de sangre, pero jamás (ni aunque me amenazaran con el filo cortante de una botella) me verías bailar reguetón. El ska, en cambio, me pone a bailar de inmediato y el punk me llama con lujuria de saqueo. Para hacer el amor, variaría de acuerdo al ánimo, pero podríamos pensar en Gotan Project, Bajo Fondo o algo más doom con Anathema, o con los Caifanes menos conocidos para quedarnos en el continente. También funcionaría de maravilla una tiernona selección de Calamaro y Los Rodríguez, pero si popero te pones, me tendrás más loca si pasas Zoom de Soda Stereo un millón de veces. Pero, eso sí, bajo ninguna condición te pongas trovero.
Qué más. Nada. Soy alérgica a la aspirina y la única cirugía que tengo es la de la cesárea.
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