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Sorpresa de vacaciones

Miro tu carita de bebé desconcertado. ¿No me esperabas? No, lo sé. Y tu mirada, primero, recorre mi cuerpo y luego vigila el corredor que conduce tanto a tu habitación como a la de tu madre. No puedo resistirme y te abrazo, para que sientas mis pechos enardecidos junto a ti. Luego te beso los labios con un roce que te hace estremecer. Tus brazos envuelven mi cintura y tus manos se ajustan para no dejarme escapar. Arrimo mi cabeza a tu hombro y me mantengo muy junto a ti. Tu respiración se agita inesperadamente y noto cierta tensión en todo tu ser que te delata. Mi lengua recorre tu pabellón auricular desde el borde externo y se hunde hasta que suspiras. Sale por abajo y mis dientes se cierran suavemente en tu lóbulo. Ríes. Mis brazos te sueltan y mi abrigo cae el piso. Tú lo empujas con el pie hacia adentro y cierras la puerta que aún dejaba pasar la luz del hall y permitía que el ascensor se deslizase detrás nuestro. Nos besamos con desesperación de tiempo y ausencia, me tiras sobre algún mueble que no reconozco.

“Vamos, hace frío aquí”. Cierto, se siente el viento del final del invierno filtrándose por algún rincón. Te levantas de sobre mí y me tomas de la mano. ¿A dónde vamos? A tu cama, de manera muy poco disimulada, sin que tu madre deje su acompasada respiración. Mi blusa se resbala. Y deja ver mi hombro oscurecido por los rayos de la mitad del mundo, que contrasta con la piel casi virgen de sol de mis senos descubiertos.

Esa cama me excita… y ahora estoy en ella. Tus manos me recorren y me liberan de la ropa. Abro los ojos al sentir que te apoyas nuevamente contra mí y siento tus calzoncillos estirados. Ya no llevas nada más. Mi pelvis te siente y se deshace en deseo. Mi vulva se deshace en deseo.

“Quiero metértela ahora”. Dale, solo basta que lo hagas, que arrases conmigo, que me la metas profundo, despacio, pero con esa certeza del placer descontrolado. Me penetras mientras acaricias mis senos. “Que bien se siente dentro tuyo”. Me miras y ves mi placer que hace que tiemble mi mandíbula. Ves mi placer que hace que mis senos crezcan y se entreguen a tus manos. Los aprietas. Te gustan y juegas con ellos. Tus manos los atrapan por completo y eso completa las sensaciones que me da tu miembro dentro de mí.

“¡Qué hermosa!”, exclamas mientras te mueves en mi interior. Tengo que preguntarte: “¿Cómo me ves ahora?” “Te veo inmóvil, atrapada, pero a la vez moviéndote alrededor mío en toda esta habitación”.

Casi te habías olvidado de mi boca, pero me besas de nuevo y tu lengua me invade. No falta mucho para que explotes, lo estás haciendo bien. Muevo mis caderas a tu ritmo para que el contacto sea más intenso. Siento mi clítoris al máximo y te rozo con cada punto de mi feminidad. “Dale, un poco más”. Y terminamos en un gemido infinito de placer. Te sueltas dentro de mí con toda tu fuerza. Te abrazo con fuerza. Quiero mantenerte dentro de mí. No acabas de vaciarte.

Me besas. “Estás hirviendo”, susurras. Por el placer de sentirte, de sentir tus manos y tu lengua, sentir tu pija aniquiladora. Acabas conmigo... me derrumbo de placer entre tus brazos. No puedo más... tus manos... tu pecho, tus piernas. Todo lo que me roza me desquicia. Te deseo tanto que el orgasmo no acaba nunca a tu lado.

“Ni bien recupere fuerzas, lo hacemos de nuevo”, comentas mientras apoyas tu cabeza en mi hombro y te achicas dentro de mí. Sí, lo haremos hasta que me entregues todo lo que tienes dentro. Quiero que te quedes en mí, descanses sobre mí y me lamas el rostro. Quiero acariciarte todo el cuerpo.

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