prozac otra vez, pero ya pasó. el psicoanálisis ayuda.
Cuando aquella profunda frustración me invade, la siento como un lastre del que no puedo sacudirme por nada del mundo. Le pongo nombre a ese lastre y me prometo no ser así cuando el tiempo me ponga en la situación de elegir. Sin embargo, me veo representando el papel de hija marcada que se me ha impuesto y la penitencia del sambenito no acaba. ¿Podré alguna vez, como madre o como hija, tirar a la basura el guion que se me ha dado?
No he hecho nada que merezca cadena perpetua. Nadie me ha condenado. Pero mi culpa cuando ella me habla con esa resignación que no juzga, pero sanciona con todo el peso de su ascendente sobre mí, siento que no puedo más, quiero morir, quiero matar: quiero matar y morir. Me siento humillada, ofendida, sucia, malvada, cruel, vil...
El sambenito marca no tanto mi pena como la que tiene que cargar la resignada a la que decepcioné y a la que no puedo mirar de frente y decirle: Sí, y qué. No soy ni nunca fui lo que esperabas. Pero ella levanta a mi hija como un escudo y me la muestra mientras grita: Por ella, por ella te soporto, por mi niña. Y siento que la pequeña ya no me pertenece, que la pierdo cada día, que cada cosa que hago solo contribuye para alejarla de mí.
Alguna vez podría haber gritado y corrido, pero ahora siento tan grande mi dependencia de la mujer que me humilla Si no fuera por ella, mi hija pasaría sola día y noche, yo viviría en un departamento miserable y comería mierda frita (porque solo soy una inepta que no puede ni con ella misma y no pararán jamás de recordármelo quienes se supone que me quieren será por amor). Por lo menos eso es lo que pienso cuando ella me mira y su desprecio cae sobre mí como una estalactita de hielo cortante y me atraviesa, me desgarra.
No he hecho nada que merezca cadena perpetua. Nadie me ha condenado. Pero mi culpa cuando ella me habla con esa resignación que no juzga, pero sanciona con todo el peso de su ascendente sobre mí, siento que no puedo más, quiero morir, quiero matar: quiero matar y morir. Me siento humillada, ofendida, sucia, malvada, cruel, vil...
El sambenito marca no tanto mi pena como la que tiene que cargar la resignada a la que decepcioné y a la que no puedo mirar de frente y decirle: Sí, y qué. No soy ni nunca fui lo que esperabas. Pero ella levanta a mi hija como un escudo y me la muestra mientras grita: Por ella, por ella te soporto, por mi niña. Y siento que la pequeña ya no me pertenece, que la pierdo cada día, que cada cosa que hago solo contribuye para alejarla de mí.
Alguna vez podría haber gritado y corrido, pero ahora siento tan grande mi dependencia de la mujer que me humilla Si no fuera por ella, mi hija pasaría sola día y noche, yo viviría en un departamento miserable y comería mierda frita (porque solo soy una inepta que no puede ni con ella misma y no pararán jamás de recordármelo quienes se supone que me quieren será por amor). Por lo menos eso es lo que pienso cuando ella me mira y su desprecio cae sobre mí como una estalactita de hielo cortante y me atraviesa, me desgarra.
0 comentarios