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phosphorus

Sobre la inutilidad de la semiología

Al entrar, solo sonríe y mira. Calla, sonríe y mira cada pared como si buscara sostener alguna teoría en ellas. Computadora, libros; una gran ventana en la que brilla una manzanita sobre la mesa baja. “Siempre la olvido encencida”, digo, y cierro con un cluck la tapa, mientras el sol de la tarde diluye en su brillo la manzanita que se apaga. “Aha”, responde sin mirarme. Y, como si alguien la hubiera tirado allí, al azar, la cama.

Ocupo el único asiento, cerca del librero, agarro el lomo de ese amor desenterrado y otros… y leo aquello ‘Sobre la inutilidad de la semiología’:

(…)
sin avergonzarse ninguno de los dos de estar desnudos,
más bien orgullosos ambos de la perfección estatuaria de
los cuerpos comunicantes, “la permutación de los dos
significantes por un significado”,
agradecidos de no estar más en el Paraíso, tan aburrido
(…)

Veo un mohín en su rostro y río; mi cuerpo corta la luz de la ventana. Sé que me desnuda aunque insista en hablar de cualquier cosa.

“Ya habían pasado 10 minutos allí dentro cuando todavía me daba miedo mostrarme interesado. Ella lo tenía todo planeado. Solo le bastó un tímido mimo en el pómulo para humedecer las paredes. Nos acercamos a la cama lentamente a pesar de la ansiedad. Litros y litros de saliva solo en besos. La Sangre también fluiría distinto en mi cuerpo y Ella lo sentiría con su mejor mano teniéndome entre sus dedos…”

El contacto, el suave contacto con su cuerpo. La cama se dehace en nuestros movimientos y mi espalda siente el frío de las sábanas frescas. Su lengua nada en mi boca y se entrelaza con la mía. Luego roza mis labios y desciende, atraviesa mi cuello, hace un rodeo al centro y sus manos (dedos de pianista) ajustan mis pechos mientras sigue de largo.

“Dejando de lado la dulzura de su boca, recorro los hombros hasta donde el aroma de su champú se transforma en perfume humano. Apenas muerdo uno de sus pechos y continuo hacia abajo. Estará pensando que no sé lo que hago cuando rozo sus muslos. Me extiendo hacia atrás, vuelvo, y finalmente sumerjo mi nariz en la amarga profundidad. Todo lo que mi lengua me permita. De vez en cuando me animo a soplar un poco. Y no tardo en escuchar mi nombre: signo de que me estoy extendiendo demasiado”.

Me tiro hacia atrás para permitir que su lengua avance hasta el punto más oscuro y veo el mundo de cabeza por la ventana hacia la que volteo cada amanecer para saber si vale la pena dejar la caricia de la almohada. El cielo se está poniendo anaranjado. Quiero decirle que lo mire, pero cuando me enfrento a su boca que tiembla y solo la sostiene cerrada a medias un hilito, no puedo pensar sino en sentir mi sabor entre sus labios.

“De nuevo cara a cara es ella la que me envuelve desde abajo.
El primer gemido es callado con un beso, y el segundo, y el tercero, cuarto...”


Se entrega en mi cuerpo, firme, conciente, en ardor pleno. A cada empujón resbalo un poco hacia la ventana. Su pecho se pega al mío y siento en mis pezones la caricia inconciente de su corazón latiendo. Lo abrazo hasta que el placer me obliga a abandonarme en una carcajada. Luces, estrellas, pajaritos y mis manos tienen que afirmarse contra el piso para no acabar cayendo. Él muerde su labio inferior hasta la sangre y abre los ojos para ver mi pecho aún desacompasado en el orgasmo. Retrocede un poco y, sin salirse por completo, abraza mi cintura y me levanta como a un manojo. “Sos un volcán, che”, me dice tan tranquilo.

Me separo para guardar el equilibrio y, aún en azul la vista, lo abrazo para lamer el sudor de sus hombros.

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