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phosphorus

Medianoche

Hoy lo he hecho. Tras tiempo de desearlo, por fin lo he hecho. Solo entré y lo pedí. Un hombre poco atractivo se encargó de todo y ahora sí soy la mala perra desdichada de cabellos rojos que camina por la ciudad. Ultrajada, vendida, humillada y nuevamente erguida, de pie, sostenida por las largas piernas, más largas todavía por los tacones altos y las medias de látex. Delgada, caderas inconmensurables, vello cortito en la entre pierna, corsé, busto altivo a pesar del ajetreo del pasado. Las ojeras se marcan dos veces con la sombra. El cabello brilla en su lacio perfecto. El vestido negro, recto, sin mangas, simple… se ajusta al cuerpo que late con la fuerza de la vida que no se reserva nada. Una mantilla de red muy abierta envuelve las caderas sin ninguna intención de disimularlas y se sujeta con un diminuto prendedor rojo a un costado del pubis. Todo el mundo pregunta de qué es. Todo el mundo lo ve.

He sentido los tacones golpear sobre los charcos y la mirada de los hombres posarse en mi extraña combinación. He tenido nuevamente ánimos de correr por las calles. Amo la medianoche para andar sola, para dejar hacer a la imaginación ajena. Y ya no tengo miedo. No cover. Y luego siempre habrá quien invite dentro. Basta con descalzarse los espejuelos y decidir a quién para tenerlo en diez minutos a tu lado, hablándote al oído so pretexto de la música tan alta. Murmura algo y chasquea su lengua mientras le tiemblan las piernas y no sabe como disimular su erección a la precisa altura de tu rostro (nunca lo invites a sentarse).

Se arrodillará a tu lado y suplicará con su boca que habla tonterías que lo beses, que lo penetres con tu lengua venenosa, que lo contagies, diabla. Déjalo acercarse y luego voltea tu cara para que su lengua tenga que resignarse con lamerte la oreja y temblar a tu lado. Chasquea. Bésalo. Buena perra, buena perra que no quiere que él se sienta tristecito, el gil que cae… A los hombres les gusta pensar que han sido irresistibles.

Levántate a bailar. Deja que tu mantilla se enrede con sus botones cuando él te abrace y te muerda el cuello en el afán de poseerte. Sueña que pude tirarte ahí mismo, levantándote en vilo y penetrándote de pie mientras bailan en medio de la gente. Intentará alzarte agarrándote las nalgas. Sus dedos buscarán meterse con violencia a donde no ha sido llamados… todavía.

Cae en cuenta del enredo en que te has metido y oblígalo a ayudarte. Haz que él te libere zafando delicadamente los botones de su bragueta para que tu red se extienda y cubra el frente de tus piernas. Luego bésalo para que sepa que puede seguir encarcelado en tu pubis velado. Aléjense de la pista. Pasen primero por la barra. Gin tonic, por favor.

Y otra vez soñará, esta vez en que te acuesta en el largo tablón en el apoyas tu codo mientras bebes. Él reirá si ya te ha penetrado para cuando le hayas preguntado qué pasa. Si no, suspirará, cerrará los ojos y mirará la barra. Ríe, cruza las piernas y deja ver el liguero que sostiene el látex con más látex. Le temblará la mandíbula inferior al darse cuenta. Posará su mano sobre tu rodilla enguantada. Gozará de sentirla, acariciará y subirá un poco tu falda para sentir la piel pura que sospecha atrapada entre la ropa. Detenlo. Baja tu falda. Volverá a alzarla. “¿Sigo?”, preguntará si se arriesga. Voltéate sin responder, baja del taburete y camina moviendo las caderas mientras apuras el resto de tu agua tónica con ginebra. Deja el vaso en algún lugar y espera a sentir sus brazos envolviéndote y sus dientes raspando tu cuello, mientras hace a un lado tu cabello rojo con su nariz.

Siempre hay un buen rincón en que colocarse y aprovechar la semioscuridad para dejarlo hacer en tu tanga abierta, rodeado de látex, envuelto en humo, en medio de las risas y los gritos de la gente que los mira sin mirarlos. Bien húmeda, suelta uno por uno los botones de su bragueta y déjalo que se expanda ya sin límites forzosos. Ábrele el camino y permite que se sacuda hasta que ambos se rieguen desesperados en el clímax.

Phos… me alegra que te haya servido.

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