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phosphorus

Ultrajada

Anoche fui violada en una intersección desconocida. Eran tres hombres que no podía creer que habían logrado golpearme y apuntar a mi espalda con un arma. Seguramente pensaron que era demasiado poco botín un celular en mal estado y 50 dólares de saldo en el cajero automático.

Me llevaron a empujones un tramo corto por calles que conocía. Luego me subieron a un auto y perdí la noción de lugar. Solo sentí un nudo que impedía que el aire escapara de mis bronquios.

Entonces, esa esquina: un muro largo de adobe que se caía y se perdía en la falta de postes de luz. La puerta de metal que chirrió, oxidada, cuando la empujaron con mi cuerpo. Entonces me tiraron sobre un piso que se sentía húmedo y pegajoso, con un pungente olor a aceite quemado.

Siempre pensé que, en una situación así, me defendería, gritaría, golpearía. Pero me sentí tan sola que no pude. Dejé que me voltearan a patadas, que me arrancaran la ropa sin romperla, que me cargaran en el aire para ultrajarme sin freno.

Sentí ganas de vomitar al ver esa boca de dientes torcidos y un incisivo roto acercarse a la mía. Solo entonces pude gritar, gritar y llorar, pero la voz se ahogaba en mi asma. Entonces una mano firme me cubrió el rostro y acabó con el rastrojo de mis fuerzas. Sentí su calor lastimándome y las lágrimas que me corrían frías hacia las orejas.

Cuando terminaron, me levanté, los miré sonreír, recogí mi ropa y me la puse con calma. Luego les rogué que me indicaran como salir hacia la Occidental. Uno de ellos, rompió su sonrisa y me abrió la puerta para que subiera a un auto. Agradecí.

Al poco rato, la misma mano abrió la puerta y me dejó bajar. Yo caminé en busca de una calle conocida. Reí al darme cuenta de que estaba tan cerca de mi casa. Solté mis brazos, respiré profundo y bajé, bajé, bajé. Al llegar al PAI, solo entré y le dije al hombre en mangas de camisa: “Acaban de violarme. Eran tres tipos. No recuerdo sus rostros”.

Y no los recuerdo, no logro recordarlos.

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