Prozac
Me he descubierto absolutamente silente. Me duele. Busco hablar y no puedo. Por lo menos no siempre. Por eso me gusta hablar con vos o con el dcm, porque se dejan hablar.
Tic Toc dice: Umm. Lo siento. Me gusta oírte. Me encanta hablarte. Hazlo.
Pues, nada, hermosa. Hoy me siento tres veces más silenciosa. Y he vuelto a mentir.
Tic Toc dice: ¿A quién has mentido? ¿Al psiquiatra?
No, a él no. Ni a mi amante.
Tic Toc dice: ¿A vos?
Te he mentido a vos, le he mentido a la otra, le he mentido a mi familia. Quizá me he mentido a mí, pero no he logrado convencerme. ¿Notaste que llegué tarde al diario esta mañana?
Tic Toc dice: ¿CÓMO NO NOTARLO MUJER? No pregunté, lo siento.
Mejor, así te mentí menos.
..
Fui al psicoanálisis. Fui a dejar algo en La Mariscal, por trabajo. Regresé por la Seis de Diciembre y me quedé por ahí más de una hora. En su casa. Con él.
Tic Toc dice: JAJAA. Y para qué no cuentas. CARAJO
Por gil, porque me silencié, porque me mentí y mentí por eso. Porque no me atrevo a admitir que me humillo masoquistamente y dejo que él se masturbe y luego trapee el piso sucio de su semen con mi cabeza. Porque me siento perra, pero no me arrepiento. Fue bueno. Sentí que si no tenía sexo hoy mismo me iba a dar algo.
Tic Toc dice: ¿A quién mientes?
Entro en conflicto porque sé que no quiero más que eso. Pero sé que o bajo perfil o presión endiablada y tormentosa de mi familia. Y no quiero ni lo uno ni lo otro. Solo quiero tener mi amante y punto. Salir con él. Verlo sin tener que meter paros locos para hacerlo. Y tengo que llamar al ginecólogo para hacer una cita y empezar a usar anticonceptivos. Porque sé que voy a seguir tirando como loca. Porque lo necesito. Creo que soy ninfómana
Pero esta vez fue como esas primeras veces en que todo era mejore. Cómo que fluyó bien la cosa de previas, de amigos. No fue solo full sexo.
Tic Toc dice: Ummm. ¿Y de ahí le vas a querer?
No sé. De hecho, lo quiero. Lo quiero, pero no quiero un gran compromiso con él. ¿Cachas? Esa es la presión
No se puede solo querer para abrazarlo después del sexo. Se tiene que querer (o no querer) para presentarlo a la abuela.
Tic Toc dice: NO HAY QUE CASARSE MUJER. Digamos que la parte importante de casarse... es estar ya aburridos. Y tú ya tienes las cosas que necesitas... tu hija por ejemplo... ¿para qué apurarse amando a un maridito cualquiera? El próximo tiene que ser un tipo MAGINÍFICO...!
Por eso a mí me hace sentir superbien esta relación cojuda de buen sexo y ratos de cariño con un tipo que no quiere nada más. Pero eso no es políticamente correcto y el resto no suele entender. Creo que ni siquiera él.
Tic Toc dice: POR LO PRONTO NO HACE FALTA QUE ENTIENDA. NO TE TORTURES. LA VERDAD ES APÁTICA. Nadie quiere saberla. ¡AMOR MÍO! Te beso mucho.
Y yo a vos, muchachita.
Anoche fui violada en una intersección desconocida. Eran tres hombres que no podía creer que habían logrado golpearme y apuntar a mi espalda con un arma. Seguramente pensaron que era demasiado poco botín un celular en mal estado y 50 dólares de saldo en el cajero automático.
Me llevaron a empujones un tramo corto por calles que conocía. Luego me subieron a un auto y perdí la noción de lugar. Solo sentí un nudo que impedía que el aire escapara de mis bronquios.
Entonces, esa esquina: un muro largo de adobe que se caía y se perdía en la falta de postes de luz. La puerta de metal que chirrió, oxidada, cuando la empujaron con mi cuerpo. Entonces me tiraron sobre un piso que se sentía húmedo y pegajoso, con un pungente olor a aceite quemado.
Siempre pensé que, en una situación así, me defendería, gritaría, golpearía. Pero me sentí tan sola que no pude. Dejé que me voltearan a patadas, que me arrancaran la ropa sin romperla, que me cargaran en el aire para ultrajarme sin freno.
Sentí ganas de vomitar al ver esa boca de dientes torcidos y un incisivo roto acercarse a la mía. Solo entonces pude gritar, gritar y llorar, pero la voz se ahogaba en mi asma. Entonces una mano firme me cubrió el rostro y acabó con el rastrojo de mis fuerzas. Sentí su calor lastimándome y las lágrimas que me corrían frías hacia las orejas.
Cuando terminaron, me levanté, los miré sonreír, recogí mi ropa y me la puse con calma. Luego les rogué que me indicaran como salir hacia la Occidental. Uno de ellos, rompió su sonrisa y me abrió la puerta para que subiera a un auto. Agradecí.
Al poco rato, la misma mano abrió la puerta y me dejó bajar. Yo caminé en busca de una calle conocida. Reí al darme cuenta de que estaba tan cerca de mi casa. Solté mis brazos, respiré profundo y bajé, bajé, bajé. Al llegar al PAI, solo entré y le dije al hombre en mangas de camisa: Acaban de violarme. Eran tres tipos. No recuerdo sus rostros.
Y no los recuerdo, no logro recordarlos.
A veces, solo a veces, me desconcierta mi estupidez. No sé si es en ese momento en el que me atraviesa la conciencia social o algo así y me doy cuenta de lo idiota que resulto humillándome en continuo. Tal vez es que, en el fondo muy en el fondo solo soy un capullo quebrantado.
Pero hay veces, también las hay, en que me siento abrazada, querida.
Puede que también sea solo una impresión. En realidad, eso es lo más probable.
Sin embargo, me fascina sentir que alguien me observa y se pregunta por mí y no solo se lamenta porque no ha habido más sexo fresco o no ha sido publicado aquel sexo fresco del que sabe perfectamente. Talvez es que aún duele (y no me refiero a un dolor en el cuerpo) por la humillación que implica la madrugada.
Alguien a quien no conozco me ha escrito preguntando por mí. Quizás hasta lo conozco. No lo sé. A veces me gusta imaginar que es alguien a quien tengo al frente cada día. A veces me gusta imaginar que es una especie de enésima reencarnación de lo perfecto.
De lo único que estoy segura es de que no existe. ¡No existe! Porque si existiera, podría conocerlo
y yo todo lo que toco, lo rompo.
Cada día, antes de acostarme, me toco el rostro, recorro la nariz desde la punta hasta el centro de las cejas con las yemas de mis dedos. Luego contorneo mis ojos, acaricio mis mejilla, juego con mis orejas tan sensibles al tacto. Río. Llevo mis manos hacia el cuello y descienden débiles hasta mis pechos, mi vientre, mis piernas. Me encojo sobre ellas y hundo mi rostro entre las rodillas.
Entonces, me reconozco hermosa en medio de la imperfección. Río y lloro. Vuelvo a llorar y río de una vez. Alzo los brazos en silencio y clamo. No sé a quién ni qué, pero ruego por algo, me lamento, me arranco la piel, hago saltar los ojos de sus cuencas, hundo mis manos en las entrañas que ya no me pertenecen y las lanzo lejos y sin tregua hasta quedar vacía de mí. Las rocío con gasolina y las enciendo. Parada en la distancia, veo como se acaban con simpáticos crujidos y un olor de mollejitas asadas como las de la esquina. De vez en cuando chisporrotea la grasa o el fuego gime sobre el agua.
Mas yo no voy a creer que es porque hay algo que vale la pena salvar. Solo una certeza logrará que regrese a la cama y me mantenga allí hasta el amanecer, con las cuencas de mis ojos vacías y mi abdomen hueco: voy a morir un día.
Ayer estuve desde las 7:30 caminando a lo K. de El proceso por los corredores enredados de los juzgados de esta ciudad. Nadie dice, nadie sabe. Por lo menos yo estaba acusando y no era la acusada como el pobre personaje de Franz. Pero no creas que por eso es menos horripilante la justicia ecuatoriana que la kafkiana. Por lo menos ahora solo me falta perderme una que otra vez más en esos pasadizos y terminar no sé bien cómo ante aquel escritorio despostillado, uno de esos muchos escritorios despostillados colocados unos tras otros, con las viejas máquinas de escribir que casi parecen de museo (una tras otra) y las torres de papeles amarillentos y polvosos. (No sé por qué allí parece que los papeles envejecen de inmediato).
La nariz me pica solo del recuerdo. Y rogarle al tinterillo que te ha tocado en suerte que si puede, por favorcito, haga el favor, le ruego, doctor (aunque sabes perfectamente que no será ni licenciado), haga el favor de dar viendo donde estará este proceso del 2004 para una audiencia. A las ocho era. Si no que ya se nos ha hecho tarde. (Y son más de las nueve, porque de nada ha servido llegar a tiempo si el mentado tinterillo no asoma sino media hora más tarde y a enterarse de qué es lo que le tocaba atender).
Por fin a la audiencia. Otro recorrido detrás de espaldas de ternos arrugados y aquella a la que me aferro con los ojos y la nariz de mi abogado (tan cuidadito y perfumado entre tanto hediondo servidor judicial). Llegamos otra vez no sé cómo a una sala pequeñita dividida con modulares y menos polvorienta que el resto del lugar. De un pesado llavero, una de las llaves abre la puerta y por fin se pude respirar sin sentir que si tu vientre se expande en la inhalación topará con las paredes.
Bla, bla, bla en el teclado de la computadora (vieja, sí, pero al menos no resuena el tracatac de las teclitas de la máquina de escribir) y luego, "ya, Estuardo", el hediondo tinterillo a mi abogado. "Acuso la rebeldía del demandado y bla, bla, bla". No entiendo nada. Pero ya en la calle, aquel viejo amigo de mi tía que me ayuda con lo del divorcio desde hace tres años me anuncia por fin: "Solo consíguete cuatro testigos y la próxima semana salimos de esto. Luego hay que empezar con lo de la niña... Pero de eso hablamos luego". Seguramente habrá notado la desazón en mi rostro al enterarme de que no hemos terminado.
Corre calles y visita amigos hasta conseguir los cuatro testigos. "Diga cómo es verdad que entre la actora y el demandado no ha existido relación conyugal ni sexual en los últimos tres años". Esa es la preguntita que habrán de responder. ¡Qué relación conyugal o sexual va a haber habido si no le he visto ni la cara desde hace casi cuatro años! Tres años 8 meses. No es mentira. Y mi hija tiene tres año y un mes. Poco más y no me hubieran ni creído que era de él.
Y ahí va a quedarse la historia, porque hoy he tenido un día de mudanzas en el periódico y estoy al borde de caerme de cansada. Si todos lo viernes son terribles en mi trabajo, hoy no te imaginas lo espantoso que ha sido!
P.D. Y nada ha cambiado desde entonces, solo que ahora mi hija tiene 3 años 4 meses. Sigo esperando la maldita sentencia.
Cuando aquella profunda frustración me invade, la siento como un lastre del que no puedo sacudirme por nada del mundo. Le pongo nombre a ese lastre y me prometo no ser así cuando el tiempo me ponga en la situación de elegir. Sin embargo, me veo representando el papel de hija marcada que se me ha impuesto y la penitencia del sambenito no acaba. ¿Podré alguna vez, como madre o como hija, tirar a la basura el guion que se me ha dado?
No he hecho nada que merezca cadena perpetua. Nadie me ha condenado. Pero mi culpa cuando ella me habla con esa resignación que no juzga, pero sanciona con todo el peso de su ascendente sobre mí, siento que no puedo más, quiero morir, quiero matar: quiero matar y morir. Me siento humillada, ofendida, sucia, malvada, cruel, vil...
El sambenito marca no tanto mi pena como la que tiene que cargar la resignada a la que decepcioné y a la que no puedo mirar de frente y decirle: Sí, y qué. No soy ni nunca fui lo que esperabas. Pero ella levanta a mi hija como un escudo y me la muestra mientras grita: Por ella, por ella te soporto, por mi niña. Y siento que la pequeña ya no me pertenece, que la pierdo cada día, que cada cosa que hago solo contribuye para alejarla de mí.
Alguna vez podría haber gritado y corrido, pero ahora siento tan grande mi dependencia de la mujer que me humilla
Si no fuera por ella, mi hija pasaría sola día y noche, yo viviría en un departamento miserable y comería mierda frita (porque solo soy una inepta que no puede ni con ella misma y no pararán jamás de recordármelo quienes se supone que me quieren será por amor). Por lo menos eso es lo que pienso cuando ella me mira y su desprecio cae sobre mí como una estalactita de hielo cortante y me atraviesa, me desgarra.
Definitivamente soy solo un hueco para todos los hombres. Debe ser que me lo tengo merecido, que nada en mí vale aparte de eso, que para lo único que ellos me ven útil es para culear y solo se acuerdan de mí después de la medianoche y con tragos encima.
Cómo mierda es posible que siga buscándolo a pesar de saber que solo voy a conseguir que me bote nuevamente al fango y juegue a hundirme en él. ¿No dicen que soy un tipa inteligente? ¿O es esa la manera de decir putita para los viejos? Solo soy una imbécil con algo de masoquista. Y ahora grito con el silencioso teclear sobre mi computadora y me enfurezco al punto de sentir mi mandíbula temblando. Pero sé que mañana tomaré el teléfono, marcaré su número para que me ignore nuevamente y dejaré un mensaje: Necesito hablar contigo. Llámame. Y no va a llamar, al menos no lo hará hasta que tenga la verga parada y ni una mujerzuela cerca para tirársela. Entonces pretenderá que corra y le abra las piernas. Yo me sentiré furiosa nuevamente, pero no haré más que quizá esbozar una mueca y responderle con una queja de la que él se burlará.
Bastaba con que contestara una llamada, con que se preocupara de saber que era lo que había querido. Y yo pensé que lo encontraría viendo la tele, pensando que no podríamos vernos, triste por no poder estar más cerca de mí. Es que, ¿sabes cuál es el problema, mi problema? Agarro el bagazo que encuentro en cualquier lado y pretendo hacer de él un personaje de historieta romántica y me enamoro de ese personaje. Me cuento tantas veces esa historia que acabo por creérmela. Me doy cuenta de lo estúpido que es eso y pretendo eliminar la asquerosa ternura reduciendo toda perspectiva al sexo bruto, sin más: coito y punto.
Entonces, es obvio, termino perdiendo como siempre. Perderé el poco camino recorrido en conocer a la caña de desecho con la que me he topado por la calle; pederé al personaje que me he creado sobre su estopa; perderé la vida un día de estos en que la furia se haga tanta que en lugar de chorrear gotitas de sangre de mi mano por las tachuelas que he clavado, saltará sangre a borbotones por mi yugular.
Ay, Honey Pie, golpéalo. Una vez prometiste que lo harías si sabías que me hacía daño.
Me designaron como su tutora. Lo había conocido en las clases de verano a las que asistía porque, de todas formas, no había nada más que hacer a esas alturas de las vacaciones. A él lo obligaba su condición de nuevo traído para rellenar el tercer paralelo que las monjas se habían empeñado en abrir.
Yo era la niña que no hablaba con nadie y que se pasaba el día caminando por los corredores. Cargaba bajo el brazo un cuaderno en el que no estudiaba nada. Solo era el pretexto para botarme en cualquier parte del césped y ponerme a escribir basura, así como ahora me siento en cualquier café de la ciudad y tecleo en mi iBook. Siempre usaba la camiseta del colegio y me la metía dentro del pantalón bombacho del uniforme de deportes; la falda bajo la rodilla, los zapatos de cordón; el pelo negro y lacio agarrado en trenzas de Rapulsel que llegaban hasta mi cintura; anteojos a lo Chaparrón Bonaparte. Parecía una carrera por parecer lo más horrible que se pudiera.
Sin embargo, bastaba dejar accidentalmente abierto el botón más alto de la camisa, lograr que la trenza abriera sutilmente el mirador y sentarse, descuidada, para que el viento cumpliera con su cometido y levantara la falda de tablones que quedaba libre por un lado. Siempre habría un tipo sexi, de los últimos años, llegando por detrás a preguntar que escribía y asomarse para mirar sobre mi hombro.
Sería, entonces, la tutora perfecta, dedicaría mis horas libres y los recreos vacíos a nivelar al chiquillo delgaducho que había sido condicionado por su ineptitud. Así fue como él llegó la primera vez a mi casa, una tarde de octubre, usando aún el uniforme y trayendo en su mochila libro y cuaderno de Química. Nos sentamos con el peso de los enlaces indescifrables sobre las rodillas, uno junto al otro, y empezamos a charlar de cualquier cosa menos de la tabla periódica y sus valores de quién sabe qué. La verdad era que yo tampoco comprendía nada.
Tarde tras tarde lo vi llegar en uniforme, cargando su mochila y un hambre eterna. Mi madre nos dejaba siempre algún postre en la cocina y se marchaba a dormir la siesta. Los dos aprovechábamos el mullido asiento del estudio para besarnos, la mesa del comedor para acostarnos y tocarnos hasta la desesperación, la alfombra áspera para estimular la piel desnuda. Fue entre ejercicios de álgebra, vectores, sales y soluciones que descubrí el cuerpo de un hombre al borde del orgasmo, que sentí las manos de otro tocarme desde la punta de los dedos de mis manos hasta en epicentro del placer.
Para mí, el fuego es un placer concupiscente. Conforta, permite que me evada, que me sumerja en una sensación hiriente que hace olvidar cualquier otro dolor.
Más que el fuego, deberé decir la parafina. Me gusta encender una vela cuando no soporto más la rabia y el dolor. La enciendo, la miro y la inclino sobre mi piel desnuda hasta causarme heridas físicas. Cada gota de cera que marca mi piel con un lamparón enrojecido al mismo tiempo va guardando esa misma piel de un nuevo dolor. Pasada la mitad de la vela, las marcas en la piel son aún más rojas, pero ya no arden. La llama puede acercarse, lamerme y no causará daño. Protege mi piel la blanca capa fina de cera que se vuelve líquida otra vez y chorrea como si entonces fuera la lágrima ausente de mis ojos.
Cuando la vela se acaba, y la cera se enfría, hay una cálida sensación de resaca en mi piel. El dolor ha sido intenso, pero, al retirar la parafina, la superficie se siente tersa y tibia.
Acuérdate de mí, Precioso. Como una amante bastante buena, bonita, pero tonta. Talvez algo ridícula. Pero es que prefiero no herirme más profundo, huir para salvarme.
Después de mi orgasmo múltiple, te has quedado dormido a mi lado y he podido recorrerte palmo a palmo. He reconocido pedacitos, los he fijado en mi mente con tanta concentración como fijaba los nombres de las hoyas de la cordillera de los Andes en cuarto grado. He pensado, entonces, y unas pocas lágrimas han resbalado por mis mejillas sin que lo notaras. No eres diferente, otra vez me equivoqué y tiré las armas ante el enemigo.
Tú, como todos, quieres tenerme de piernas abiertas cuando se te antoje. No es necesario hablar, el erotismo se anula cuando te encuentro desnudo y mirando la TV. Yo había pensado todo el día en qué ponerme, traía lencería fina y medias de seda, zapatos de raso con tacones altos y el mantón español de mi madre. Habiá perfumado mi cabello con romero. Te has fijado, pero no has seguido el juego. Solo has buscado meterte en la cama y meterme a tu lado, quitarme la ropa sin detenerte a mirarla. Soy tu amante de un rato: ya los dos lo sabemos.
Buen sexo. Por un lado, por otro, bastante tradicional en realidad, pero bueno. Nada extraordinario a pesar del multiorgasmo. Creo que yo preferiré recordarte acariciando mi cabeza en un parque a las 11 de la mañana a en esa habitación tuya, regada de placer, usada, culeada, cogida y tirada.
Tú, recuérdame como quieras.
Tienes unas manos hermosas, unos ojitos de montaña en verano y una boca sedienta. Tu cabello huele más que tu cuerpo. Traes barba crecida y vello en el pecho, pero has rasurado tu pubis; solo unos pelitos cortos intentan volver a ganar su espacio. Tus manos me encantan, sí, y hemos tenido sexo un par de veces. Nunca bailamos ni comimos juntos. Mucho menos nos lavamos los dientes frente al otro.
Tango, Óscar, la matrícula, el vuelo.
Extrañaré las operaciones aeroportuarias a través del teléfono. También extrañaré sentir vibrar mi celular a las tres de la mañana para descubrir un mensaje que anuncia tu erección y fantasea sobre un trío. Me pregunto como piensas batirte con dos si a la primera te quedas dormido. Pero no importa mi ausencia. Aún te quedan un par de amiguitas. Júntalas para ver como les va. Me lo cuentas, como pana. Así podré masturbarme y escribir algo para el blog.
Ya nada, chico que no lame, solo acuérdate de mí; si sigo tirando contigo terminaré por enamorarme en serio. Ni modo, cuando haya recuperado la coraza, te buscaré para tener sexo desaforado.
Una vez, tuve una oportunidad. Y otra, otra. Pero siempre las echo a perder. Nadie sabe decirme por qué, ni yo lo he entendido aún. La respuesta más cercana a una explicación ha sido que asusto.
Soy una especie de Frankistein. No, más bien de Drácula, que al principio puede tener su atractivo extraño, pero que resulta ser aniquilador. Un Drácula de Coppola. Con quevedos azules y todo. Pero de mí no se enamora nadie ni yo me he enamorado nunca.
Podría simplemente echarle la culpa a la mala suerte, pero no sería cierto.
Hipótesis para la resolución del problema de la inamable:
1. 1,80 m en un país en el que el promedio es 1,60 m era un buen pretexto en la adolescencia. Ahora, no jodas que no es eso.
2. Los hombres son unos ciegos. Gracias, amigo, pero mi etapa narcisista ya pasó.
3. Hay que ser más femenina. ¡Coño! Mujer no tiene porque ser sinónimo de mosca muerta con un embarrón de sesos y amplia memoria para números telefónicos y marcas de maquillaje. Mujer es simplemente sinónimo de coño.
4. Demasiado perra. Votaría a favor, sobre todo en un mundo como este. Andar siempre en el borde no le resulta muy atractivo a la mayoría. ¿Por qué? Respóndeme tú, porque a mí me gusta.
En todo caso, debo admitir que, aunque el hombre no resulte algo imprescindible, sí suele ser un poco triste sentirse permanentemente asechada como perra en celo, pero nunca amada como Julieta de balcón.
Porque me descubro a veces tan asquerosamente impúber. Adolescencia tardía y estúpida para una madre soltera (lo de divorciada no es más que un eufemismo que ayuda a soportar la deshonra a la familia, magister dixit) que escribe basura pornográfica en un weblog y se masturba viendo fotos de explícito contenido sexual del mismo porteño que puede ponerla sonrojadita e infantil.
La desazón de la distancia me carcome y quiero acortar con desesperación ese vacío. No lo consigo. Solo necesito gritar que lo deseo, que lo necesito, que lo extraño cuando pasan más de diez minutos. Pero no voy a hacerlo.
Es como si cierto placer masoquista me obligara a soportarlo. No buscar nunca más una respuesta inmediata, conformarme con el sexo incompleto y el orgasmo a medias de verlo derramarse. La amargura de no poder coger sin pausa, sin límites ni relojes, sin eso yo no lo hago.
Quizá hoy estoy tan puta porque quiero huir del amor. Le tengo un poco de miedo. Me pongo en evidencia y eso me asusta, mucho. No soy de las que se enamora (y mucho menos por internet). Eso es verdad, no es postura de un personaje. No quiero enamorarme, no voy a volver a ponerme al filo del abismo nunca más. Prefiero controlar lo que pasa, seducir con la certeza de saber a dónde vamos.
Explotaré en carcajadas con mi amiga diciendo que ante esta crisis deberemos ampliar el target a la escala de 19 a 35, sin pero que valga. Para que me igualen las cuotas atrasadas. Risas. Y ella dirá que en verdad lo que quiere es leer una historia de amor y volverse su protagonista, tener un amante que le acaricie la mano mientras esperan en el tránsito, que la ayuda a bajar del auto y luego la abrace; un amante que la acompañe, simplemente. Yo le diré que solo espero que el mío termine en sexo inalcanzable y sobrehumano. Risas.
Pero ella saldrá y conseguirá una amante de sexo inalcanzable y sobrehumano que también la acaricie y le ayude a bajar del auto. Yo, en cambio, ahora me quedaré esperando. No lo controlo, como nunca nada he controlado. Y me enamoro, brutal y estúpidamente, sin límite y sin peros, con sexo animal de por medio y horas y horas de vacío.
Buenos días, Florecita. Pequeña zorra desabrida. Es la una de la mañana y voy a matarte. Debí haberlo hecho antes, cuando sentí el primer impulso de escupirte en la cara. Botarte de un empujón contra la pared, agarrarte del pelo y golpearte contra el muro de la ciudad, una, dos, tres veces. Tu carita de mosca muerta hinchándose y reventando en chasquidos de sangre y huesos rotos. Una, dos, tres veces, zorrita. Al piso, de rodillas.
¿Te gustan mis botas? Míralas. De mil batallas, siente. No te mueves. De aquí no sales viva, zorrita, pequeña Florecita. Atacaste donde no debías. Te soporté en mi mesa, en mi casa, en mi baño. Podrida, podriste todo lo que alcanzaste. Pero no se hace daño y no se paga, bonita. Mataste, ofendiste, humillaste. Ahora te toca morir, inmunda, ahogándote en tu sangre.
¿Quieres que tu nuevo novio venga a verte? ¿Quieres que se masturbe al frente mientras te golpeo hasta la sangre? Puedo buscarlo. Y antes de que termine, cortar de un tajo y dejar que se desangre. Pero no, pobre, pobre pendejo en tus redes, zorrita. La muerte le vendrá sola y es mejor que yo no lo conozca porque un asesinato es suficiente en mi conciencia. Y ahora, yo tengo que matarte.
Muerde el bordillo, hija de puta, puta hija de puta. Sonríe, deja que mire tu colmillo recién acomodado, Florecita. Deja que salte cuando patee tu nuca y zafe tu mandíbula. Clash, sangre en la acera. Y colmillito blanco volando. Voltéate y deja que te siga golpeando y golpeando hasta que el ruido húmedo y el calor de la sangre filtrándose a mis medias me obliguen a vomitar.
Muerto has, zorra maldita. Desaparece.
A veces, solo a veces, quiero coger y matarme. Pero cuando lo tomo en serio, pienso en lo que pasaría y sé que la odiarían a ella, a mi hija, y a mí por haberles dejado esa maldita carga. Entonces, solo algunas veces de esas veces, quisiera poder matarla. No puedo, claro, siempre he sido muy cobarde. Talvez ella, que es valiente desde ahora y finge una sonrisa cuando mi madre grita histérica, mi hermana pelea y yo tiemblo de culpa, miedo y rabia, talvez ella, que sí es valiente, un día me mate y se marche sin culpa, miedo ni rabia.
Me creí el cuento aquel de que era muy valiente porque había decidido tenerla. Y me sentía valiente entonces, lo suficientemente fuerte para levantar la cabeza tras las humillaciones, dejar al hombre que yo no podía odiar pero que ya había dejado de querer, seguir adelante y pensar que lo haría bien. Me gustaba fingir que no me importaba, que nada malo había sucedido. La miseria, el dolor, la ofensa no debían filtrarse en mi mirada. Juraba que no se notaban. Pero el dolor que tenía lo iba regado por donde quiera. La única que no se dejó ganar fue mi hija, que se aferró a su conveniencia y nació. Quería vivir. Se equivocó. El instinto falló. De no haber nacido, ¡se habría ahorrado tantos problemas!
Yo fui cobarde entonces. No pude asumir la decisión de matarla. Era entonces cuando debía: 10 semanas. Dicen que no es muy complicado. Debía haber sido lo suficientemente valiente como para decirme a mí misma que no podría, que mi vida ya era una caos antes de ella y que no iba a cambiar, que mi madre era una histérica que nos cubriría como sombra y espanto
Pero, saben, mi mamá es en realidad el único soporte que he tenido en mi vida
bueno, antes de mi hija
aunque no sé si creerme eso. Mi mamá no ha sido buena. La vida tampoco ha sido buena con ella
¡Hay tantos secretos!