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phosphorus

Medianoche

Son las 00:33 y yo deliro por un hombre en esta noche fría del verano quiteño. Deliro por sus manos llenándose con mis senos, por su lengua recorriendo mi cuello, bailando alrededor de mi oreja, metiéndose atrevida, botándome a una carcajada.

Quiero a un hombre que me estire en el piso, me rocíe con su copa y beba vino blanco de mi cuerpo. Quiero que me recorra y en cada punto cóncavo se ahogue; que sus manos me presionen, sus uñas marquen surcos que enrojezcan por un instante para que su boca tenga pretexto de sanarme a besos.

Y al mirarlo hincarse frente a mí, desnudo en su delgadez, macho semental de primera, abrirle mis piernas y levantarlas sobre sus hombros. Mirar y sentir sus manos que recorren mis muslos hasta la rodilla y regresan para levantar ligeramente mis nalgas. Tendrá esa sonrisa encantadora y hablará despacio, porque los sentidos han multiplicado su sensibilidad y no quiere romper con palabras la armonía del placer que se brinda al mirarme, al guardarme transformada en diminutos cuadraditos de colores que se acoplan en perfecta imagen digital.

Y sus ojos subirán desde mi pubis hasta mi boca y allí se detendrán. No sé si son verdes o del color pardo de las montañas que se queman con el sol de la temporada. Pero sé que se cierran como si quisieran ocultarme una verdad que puede o no brillar en el fondo oscuro de sus pupilas.

Lo sentiré entrar con suavidad, deslizarse en perfecta fricción que pondrá a temblar mi mandíbula y acabará por hacerme gemir descontrolada. Saldrá para terminar con sus manos y regarse, tibio, sobre mi vientre.

Pero esta noche solo me duele su ausencia en lo profundo de mis humedales.

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