Mi mejor amiga
Hoy he descubierto que sí tengo una mejor amiga, una confidente, una cómplice. Se llama Diego, me lleva 30 años y es mi jefe, lo que vuelve aún más extraña mi vida desencajada. Si fuéramos dos mujeres, quizá tendríamos algo medio lésbico, aunque casto.
Mi mejor amiga es un voyeur desvergonzado que asegura sentirse un poquito más querido cada vez que alguien lee sus textos, ventana por los que espía y luego exhibe en una perversión redonda la vida privada de una otra. Siempre será otra, eso sí. No la misma otra, claro, pero una en la que se fusiona todo tipo de peripecias que encajan en una historia truculenta que ahora se está volviendo novela.
Eva, su otra, escribe un blog. Es una forma de extenderla más allá de la columna que ha cerrado indignado después de la cesura que han pretendido imponerle para que dejara de lado las alusiones sexuales y sus explícitas muestras en algunos textos. Yo me he reído a carcajadas al ver su incontenible furia por esos comentarios de la editora, la menopáusica curuchupa que al final ha terminado por irse. Pero él ya no va a dejar que Eva se asome nuevamente en sus columnas. La ha matado, aunque no se sabe si más bien ella ha acabado por absorberlo en su historia al punto de no permitirle más cumplir su rito de voyeur-escritor-acuarelista. En todo caso, Eva es a veces una maldita inverosímil zorra y otras, una mujer, solo eso.
Mi amiga me ha contado algunas veces que soy parte de su Eva. Algunas de las frases que le he dicho, han acabado repitiéndose en sus líneas. No ha sido un plagio, no. Tampoco el vicio de viejo entrevistador y periodista. Ha sido la urgencia de objetivizar mi vida para que pueda darle un vistazo y pensar.
Conclusión: necesito volver a llorar ante tu mirada voyeurista y contarte sin reservas mi angustia. Verbalizar, ya que te gusta tanto el término, y así librarme de la presión en el pecho que me mata y me vuelve una asesina potencial.
Mi mejor amiga es un voyeur desvergonzado que asegura sentirse un poquito más querido cada vez que alguien lee sus textos, ventana por los que espía y luego exhibe en una perversión redonda la vida privada de una otra. Siempre será otra, eso sí. No la misma otra, claro, pero una en la que se fusiona todo tipo de peripecias que encajan en una historia truculenta que ahora se está volviendo novela.
Eva, su otra, escribe un blog. Es una forma de extenderla más allá de la columna que ha cerrado indignado después de la cesura que han pretendido imponerle para que dejara de lado las alusiones sexuales y sus explícitas muestras en algunos textos. Yo me he reído a carcajadas al ver su incontenible furia por esos comentarios de la editora, la menopáusica curuchupa que al final ha terminado por irse. Pero él ya no va a dejar que Eva se asome nuevamente en sus columnas. La ha matado, aunque no se sabe si más bien ella ha acabado por absorberlo en su historia al punto de no permitirle más cumplir su rito de voyeur-escritor-acuarelista. En todo caso, Eva es a veces una maldita inverosímil zorra y otras, una mujer, solo eso.
Mi amiga me ha contado algunas veces que soy parte de su Eva. Algunas de las frases que le he dicho, han acabado repitiéndose en sus líneas. No ha sido un plagio, no. Tampoco el vicio de viejo entrevistador y periodista. Ha sido la urgencia de objetivizar mi vida para que pueda darle un vistazo y pensar.
Conclusión: necesito volver a llorar ante tu mirada voyeurista y contarte sin reservas mi angustia. Verbalizar, ya que te gusta tanto el término, y así librarme de la presión en el pecho que me mata y me vuelve una asesina potencial.
1 comentario
nef -
El primer caso es que deje de acumular presión, como cuando se rompe el anillo que va alrededor de la tapa.
El segundo caso es que acumule presión en exceso, como cuando se tapa la válvula. En este segundo caso, es crucial el correcto funcionamiento de una válvula alterna que permite que se produzca un estallido que, aunque es peligroso, casi nunca es letal. Si una olla careciera de esta segunda válvula, se presenta la posibilidad de que se convierta en una bomba cuya capacidad destructiva no la puedo imaginar.
La primera vez que pensé en todo esto tenía como doce años. No entiendo porque me has hecho recordarlo de nuevo.