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phosphorus

Necesito que me hablen sucio o moriré

El gran misterio es cómo conseguir que se mantenga el juego de la atracción. Yo no lo he conseguido. Por eso digo que la consumación del amor es su consumisión. NO hay alternativa: solo el eterno dolor, la angustia, el vacío.

El enfrentarte al otro en dos vertientes:

a. Me quedo con las ganas y eternamente camino en el borde de la atracción hasta que el otro se hastíe y se aleje. Frente a frente con el vacío.
b. Gozar el instante, el solo instante de un sexo que te lleve a correrte de medio litro, a gritar, a reír. Y luego caer hasta el fondo en el vacío de la soledad. Porque siempre el otro se alejará, o se ha alejado.

Siempre he optado por la opción b., pero cuando salí del departamento de mi último “amigo con sexo” (apenas hace unos días) le dije que ya no estaba para amantes de un rato. Él saltó de la cama y corrió hasta la puerta y me dijo: “y qué buscas”. Lo vi débil en su desnudez, con su sonrisa casi triste (quizá copiaba mi propia expresión de desasosiego) cuando repondí: “algo más normal”.

Pero, en los siguientes días, he pensado sobre lo que puede considerarse normal o no. Diablos. ¿Cuál es el artilugio con el que se puede medir eso? Yo nunca he sido normal. Siempre he estado en el límite del fingimiento. Cuando me ves por la calle, podrías pensar que soy normal, pero sí supieras qué es lo que voy a hacer, de dónde vengo o a dónde voy, te extrañarías. Al menos eso hace la mayoría.

Si me ves sentada en mi escritorio, con papales al frente y mi computadora encendida, pensarás que trabajo. Pero solo juego… dejo que la labor se siga acumulando sobre mi escritorio mientras me extasío en cosas absurdas como el ver titilar el cursor o buscar las palabras que se completan automáticamente en el navegador.

Luego, me verás salir con mi mochila y mis convers de ese inmenso y hostil edificio sonoamortiguado en el interior y por el frente, pero que, al cruzar la puerta trasera, te ensordece con el estruendo de la prensa. Y yo me detengo a ver girar la rotativa y caminar a los operarios con sus overoles sucios de tinta. A veces lloro. A veces río a carcajadas y corro hasta el estacionamiento. Al verme, quizá no pensarías que tengo la jefatura de ningún departamento de esa empresa. Me lo han dicho: “deberías vestirte más acorde con tu jerarquía”. Jaja. Sí, me pondré traje sastre y seguiré llevando mi ibook en la mochila raída para poder jugar mientras el trabajo se estanca.

Cuando me veas en el supermercado empujando el cochecito en que juguetea mi hija, pensarás que soy feliz en mi hogar pequeño burgués, que pagaré con la extensión de la tarjeta de crédito de mi marido y que me pdaree una vuetita por la sección de perfumería bsucando Montana o Chanel o algo por el estilo o de otor estilo… no sé nada de perfumes.

Cuando veas mis ojos, sabrás que nada de eso es cierto. Que quiero tomar un espacio muerto y hundirme en él, que quiero desaparecer. Que mi vida tiene al menos un millón de planos y que ninguno he podido sujetar. Que no soporto más las ganas de gritar. Que mañana saldré 10 minutos antes rumbo a mi oficina y estacionaré el auto con toda proligidad en alguna calle no muy transitada, me bajaré y buscaré una pendiente y me lanzaré a correr por ella mientras grito como si me persiguiera el demonio hasta caer de bruces sobre el pavimento y llorar hasta la risa.

Entonces, acomodaré mi ropita, pasaré detrás de mis orejas los mechones de pelo que han perdido su lugar y emprenderé el camino de regreso con algo menos de peso. Entraré al auto y echaré una maldición. Lo encenderé y avanzaré para regresar a ocho horas de monotonía y muchas sonrisas. Yo, me sentaré a jugar y buscar una respuesta.

1 comentario

Eze -

La gente piensa mucho. Que se ocupen de lo de ellos. Yo me preocupo por lo tuyo xq creo que vales la pena. Creeme o no pero es asi.