el proceso
Ayer estuve desde las 7:30 caminando a lo K. de El proceso por los corredores enredados de los juzgados de esta ciudad. Nadie dice, nadie sabe. Por lo menos yo estaba acusando y no era la acusada como el pobre personaje de Franz. Pero no creas que por eso es menos horripilante la justicia ecuatoriana que la kafkiana. Por lo menos ahora solo me falta perderme una que otra vez más en esos pasadizos y terminar no sé bien cómo ante aquel escritorio despostillado, uno de esos muchos escritorios despostillados colocados unos tras otros, con las viejas máquinas de escribir que casi parecen de museo (una tras otra) y las torres de papeles amarillentos y polvosos. (No sé por qué allí parece que los papeles envejecen de inmediato).
La nariz me pica solo del recuerdo. Y rogarle al tinterillo que te ha tocado en suerte que si puede, por favorcito, haga el favor, le ruego, doctor (aunque sabes perfectamente que no será ni licenciado), haga el favor de dar viendo donde estará este proceso del 2004 para una audiencia. A las ocho era. Si no que ya se nos ha hecho tarde. (Y son más de las nueve, porque de nada ha servido llegar a tiempo si el mentado tinterillo no asoma sino media hora más tarde y a enterarse de qué es lo que le tocaba atender).
Por fin a la audiencia. Otro recorrido detrás de espaldas de ternos arrugados y aquella a la que me aferro con los ojos y la nariz de mi abogado (tan cuidadito y perfumado entre tanto hediondo servidor judicial). Llegamos otra vez no sé cómo a una sala pequeñita dividida con modulares y menos polvorienta que el resto del lugar. De un pesado llavero, una de las llaves abre la puerta y por fin se pude respirar sin sentir que si tu vientre se expande en la inhalación topará con las paredes.
Bla, bla, bla en el teclado de la computadora (vieja, sí, pero al menos no resuena el tracatac de las teclitas de la máquina de escribir) y luego, "ya, Estuardo", el hediondo tinterillo a mi abogado. "Acuso la rebeldía del demandado y bla, bla, bla". No entiendo nada. Pero ya en la calle, aquel viejo amigo de mi tía que me ayuda con lo del divorcio desde hace tres años me anuncia por fin: "Solo consíguete cuatro testigos y la próxima semana salimos de esto. Luego hay que empezar con lo de la niña... Pero de eso hablamos luego". Seguramente habrá notado la desazón en mi rostro al enterarme de que no hemos terminado.
Corre calles y visita amigos hasta conseguir los cuatro testigos. "Diga cómo es verdad que entre la actora y el demandado no ha existido relación conyugal ni sexual en los últimos tres años". Esa es la preguntita que habrán de responder. ¡Qué relación conyugal o sexual va a haber habido si no le he visto ni la cara desde hace casi cuatro años! Tres años 8 meses. No es mentira. Y mi hija tiene tres año y un mes. Poco más y no me hubieran ni creído que era de él.
Y ahí va a quedarse la historia, porque hoy he tenido un día de mudanzas en el periódico y estoy al borde de caerme de cansada. Si todos lo viernes son terribles en mi trabajo, hoy no te imaginas lo espantoso que ha sido!
P.D. Y nada ha cambiado desde entonces, solo que ahora mi hija tiene 3 años 4 meses. Sigo esperando la maldita sentencia.
La nariz me pica solo del recuerdo. Y rogarle al tinterillo que te ha tocado en suerte que si puede, por favorcito, haga el favor, le ruego, doctor (aunque sabes perfectamente que no será ni licenciado), haga el favor de dar viendo donde estará este proceso del 2004 para una audiencia. A las ocho era. Si no que ya se nos ha hecho tarde. (Y son más de las nueve, porque de nada ha servido llegar a tiempo si el mentado tinterillo no asoma sino media hora más tarde y a enterarse de qué es lo que le tocaba atender).
Por fin a la audiencia. Otro recorrido detrás de espaldas de ternos arrugados y aquella a la que me aferro con los ojos y la nariz de mi abogado (tan cuidadito y perfumado entre tanto hediondo servidor judicial). Llegamos otra vez no sé cómo a una sala pequeñita dividida con modulares y menos polvorienta que el resto del lugar. De un pesado llavero, una de las llaves abre la puerta y por fin se pude respirar sin sentir que si tu vientre se expande en la inhalación topará con las paredes.
Bla, bla, bla en el teclado de la computadora (vieja, sí, pero al menos no resuena el tracatac de las teclitas de la máquina de escribir) y luego, "ya, Estuardo", el hediondo tinterillo a mi abogado. "Acuso la rebeldía del demandado y bla, bla, bla". No entiendo nada. Pero ya en la calle, aquel viejo amigo de mi tía que me ayuda con lo del divorcio desde hace tres años me anuncia por fin: "Solo consíguete cuatro testigos y la próxima semana salimos de esto. Luego hay que empezar con lo de la niña... Pero de eso hablamos luego". Seguramente habrá notado la desazón en mi rostro al enterarme de que no hemos terminado.
Corre calles y visita amigos hasta conseguir los cuatro testigos. "Diga cómo es verdad que entre la actora y el demandado no ha existido relación conyugal ni sexual en los últimos tres años". Esa es la preguntita que habrán de responder. ¡Qué relación conyugal o sexual va a haber habido si no le he visto ni la cara desde hace casi cuatro años! Tres años 8 meses. No es mentira. Y mi hija tiene tres año y un mes. Poco más y no me hubieran ni creído que era de él.
Y ahí va a quedarse la historia, porque hoy he tenido un día de mudanzas en el periódico y estoy al borde de caerme de cansada. Si todos lo viernes son terribles en mi trabajo, hoy no te imaginas lo espantoso que ha sido!
P.D. Y nada ha cambiado desde entonces, solo que ahora mi hija tiene 3 años 4 meses. Sigo esperando la maldita sentencia.
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